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Autor:
MacDonald, George
Machado de Assis, J. M.
Machado, Antonio
Machado, Graciela
Machen, Arthur
Maclintock, Letitia
Madrazo, Pedro de
Maeterlinck, Maurice
Magariños Cervantes, Alejandro
Mahoma
Maier, Michael
Maistre, Xavier de
Mallorquí, José
Malot, Hector
Malraux, André
Manetón
Mann, Thomas
Manrique, Gómez
Manrique, Jorge
Mansfield, Katherine
Mansilla, Eduarda
Mansilla, Lucio V.
Manso, Juana Paula
Maquiavelo, Nicolás
Marchena, José
Marco Aurelio
Marguerite,Paul
Mármol, José
Márquez, Juan
Marryat, Frederick
Martí, José
Martínez de la Rosa, Francisco
Marx, Groucho
Marx, Karl
Masso, Gustavo
Mata Hernández, Francisco A. J.
Mauclair, Camille
Maupassant, Guy de
Maurras, Charles
Medina, José Toribio
Meinvielle, Julio
Melchor de Jovellanos, Gaspar
Melville, Herman
Méndez Calzada, Enrique
Menéndez Pelayo, Marcelino
Merimée, Prospère
Merino, Gabriel
Mérou, Martín Garcia
Merritt, Abraham
Mesonero Romanos, Ramón de
Mew, Charlotte
Meyrink, Gustav
Mill, John Stuart
Milla, José
Miller, Henry
Milton, John
Mira de Amescua, Antonio
Miró, Gabriel
Mishima,Yukio
Mistral, Frédéric
Mitchell, Margaret
Mitre, Bartalomé
Miyamoto, Musashi
Mocho, Fray
Molière
Molina, Tirso de
Molinero, Rafael
Moncada, Francisco de
Montaigne, Michel de
Montalvo, Garci Rodríguez de
Monteavaro, Antonio
Montemayor, Jorge de
Montengón, Pedro
Montesquieu
Montgomery, L.M,
Mora, Juan de Dios
Moreno, Mariano
Moreto, Agustín
Moro, Tomas
Motte-Fouqué, Baron de la
Mouravieff, Boris
Mozart, Wolfgang Amadeus
Muller, Wilhelm
Muniagurria, Saturnino
Musashi, Miyamoto
Muso Kokushi
Musset, Alfred de
Maupassant, Guy de
(1850- 1893)
Escritor francés nació en el Château de Miromesnil, en Normandía (Francia), en 1850. Estudió en Yvetot y Ruán.
Desde joven perteneció al grupo literario que tenía como centro al reconocido novelista Gustave Flaubert, de quien era amigo Maupassant, y de quien recibió su formación literaria.
En 1880 publicó el cuento considerado uno de los mejores en su género: "Bola de Sebo", incluido en "Las veladas de Médan".
En los años que siguieron realizó más de doscientos cuentos, entre ellos "Mademoiselle Fifi" de 1882 y "La Parure" en 1884.
Sus obras están escritas en un estilo sencillo, en dónde se transmite con realismo lo sórdido y cruel de la esencia humana. Esto se refleja tanto en sus relatos, así como también en sus tres colecciones de recuerdos de viajes, y en sus seis novelas, entre ellas se pueden citar: "Una vida" de 1883; "Bel Amí" de 1885; "Los dos hermanos" de 1888; "La mano izquierda" de 1889 y "Nuestro corazón" de 1890.
Maupassant, uno de los más grandes escritores de cuentos de la literatura francesa y universal, falleció en 1893.
Titulo
A caballo
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Aquellas personas vivían pobremente. Los ingresos del marido eran escasos. Dos niños les habían nacido después de su casamiento; y las primeras dificultades se habían convertido en una de esas miserias calladas, encubiertas, vergonzantes, en una miseria de familia noble que quiere cuando menos mantener su rango.
A las aguas
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"12 DE JUNIO 1880.— ¡A Loëche! ¡Quieren que vaya a pasar un mes a Loëche! ¡Misericordia!¡Un mes en esta ciudad que dicen ser la más triste, la más muerta, la más aburrida de las villas! ¡Qué digo, una ciudad! ¡Es un agujero, no una ciudad! ¡Me condenan a un mes de baño..., en fin!"
A las aguas (Aux eaux)
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Un mes a solas, un mes de vida en común con alguien, de una vida en pareja completa, de conversación a todas las hora del día y de la noche. ¡Diablos!
Abandonado
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"-Es preciso estar loca para salir al campo a estas horas con un calor insufrible. De dos meses a esta parte, se te ocurren ideas muy extrañas. A la fuerza me haces venir a la orilla del mar, cuando en cuarenta y cinco años que llevamos de matrimonio jamás tuviste semejante fantasía."
Abuela Sauvage, La
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"Hacía quince años que no volvía por Virelogne. Regresé a cazar, en otoño, a casa de mi amigó Serval, que por fin había reconstruido su palacio, destruido por los prusianos. Me gustaba extraordinariamente aquella tierra. Hay en el mundo deliciosos rincones que tienen para los ojos un encantó sensual. Los amamos con un amor físico. Quienes sentimos la seducción del campó conservamos tiernos recuerdos de ciertos manantiales, ciertos bosques, ciertas albuferas, ciertas colinas, vistos a menudo y que nos han enternecido a la manera de felices acontecimientos..."
Adieu
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"Los dos amigos acababan de comer. Desde la ventana del café veían el bulevar muy animado. Acariciábanles el rostro esas ráfagas tibias que circulan por las calles de Paris en las apacibles noches de verano y obligan a los transeúntes a erguir la cabeza, incitándo1os a salir, a irse lejos, a cualquier parte en donde haya frondosidad, quietud, verdor... y hacen soñar en riveras inundadas por la luna, en gusanos de luz y en ruiseñores."
Ahogado
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"Todos conocían en Fècamp la historia de la tía Patin. Era una mujer que no había sido feliz, ni mucho menos, con su marido; porque su marido la apaleaba lo mismo que se apalea el trigo en las granjas. Era patrón de una lancha de pesca, y se casó con ella, de esto hacía tiempo, porque era bonita, aunque pobre."
Alexandre
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SOLAMENTE DISPONIBLE EN PDF.
Alexandre (Alexandre)
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Alexandre.
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"Igual que todos los días, a las cuatro de la tarde, Alexandre llevó frente a la puerta de la casita del matrimonio Marambaile el coche de paralítico, de tres ruedas, en el cual paseaba hasta las seis, por prescripción del médico, a su anciana y lisiada señora."
Algo sobre los gatos
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"Estaba yo días pasados sentado en un banco fuera de la puerta de mi casa, en pleno sol, delante de un encañado de anémonas fondas, leyendo un libro publicado últimamente, un libro honrado, cosa rara y también encantadora: El tonelero, de Jorge Duval. Un gran gato blanco que tiene el jardinero saltó a mis rodillas y con su impulso cerró el libro, que yo coloqué a mi lado para acariciar al animal."
Algo sobre los gatos (Sur le chats)
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Allouma
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"Si en tu viaje a Argel -me había dicho mi amigo- te acercases por casualidad a Bordj Ebbaba, no dejes de hacer una visita a mi antiguo camarada el colono Auballe. Había olvidado el nombre de Ebbaba y el del colono Auballe, cuando, por pura casualidad, llegué a su casa."
Amor
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"Nací con todos los instintos y las emociones del hombre primitivo, muy poco atenuados por las sensaciones y los razonamientos de la civilización. Amo la caza con pasión, y la bestia ensangrentada, con sangre en su plumaje, ensangrentándome las manos, me hace desfallecer de gusto..."
Amor (Amour)
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...En la crónica de sucesos de un periódico acabo de leer un drama pasional. Uno que la ha matado y se ha matado después; es decir, uno que amaba. ¿Qué importan él y ella? Sólo su amor me importa; y no porque me enternezca, ni porque me asombre, ni porque me conmueva ni me haga soñar, sino porque evoca en mí un recuerdo de la mocedad, recuerdo extraño de una cacería en que se me apareció el Amor como se aparecían a los primeros cristianos cruces misteriosas en la serenidad de los cielos.
Amorosa
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"Después de comer en su casa, Jacobo de Randal dio permiso al criado para salir, y se puso a despachar su correspondencia. Tenía costumbre de acabar así la última noche del año, solo, escribiendo; recordaba cuanto le había ocurrido en doce meses, todo lo acabado, todo lo muerto, y al surgir entre sus meditaciones la imagen de un amigo, escribía una frase afectuosa, el saludo cordial de Año Nuevo."
Amorosa (Etrennes)
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Después de comer en su casa, Jacobo de Randal dio permiso al criado para salir, y se puso a despachar su correspondencia.
Amour
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"Páginas del «Diario de un cazador» ...En la crónica de sucesos de un periódico acabo de leer un drama pasional. Uno que la ha matado y se ha matado después; es decir, uno que amaba. ¿Qué importan él y ella? Sólo su amor me importa; y no porque me enternezca, ni porque me asombre, ni porque me conmueva ni me haga soñar, sino porque evoca en mí un recuerdo de la mocedad, recuerdo extraño de una cacería en que se me apareció el Amor como se aparecían a los primeros cristianos cruces misteriosas en la serenidad de los cielos."
Anton
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"Se le conocía en diez leguas redonda. Triple Antón, Antón a secas o Antón Pepino, que de tantas maneras llamaban las gentes al señor Antonio Machablé, posadero en Tournevent, famoso aquel pobre lugarejo, perdido en un repliegue del valle que se prolonga hasta el mar."
Aparición
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Aparición (Maupassant)
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"Se hablaba de secuestros a raíz de un reciente proceso. Era al final de una velada íntima en la rue de Grenelle, en una casa antigua, y cada cual tenía su historia, una historia que afirmaba que era verdadera."
Arrepentimiento
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"El señor Saval acaba de levantarse. Llueve. Es un triste día de otoño; las hojas caen. Caen lentamente con la lluvia, formando también una lluvia más apretada y más lenta. El señor Saval no está satisfecho. Va de la chimenea a la ventana y de la ventana a la chimenea. La vida tiene días tristes, y para el señor Saval en adelante sólo tendrá días tristes, porque ha cumplido sesenta y dos años. Está solo, soltero, sin familia, sin nadie que se interese por él. ¡Es muy triste morir aislado sin dejar un afecto profundo!"
Asesino, El
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"-Los hechos son innegables, señores del jurado. Mi cliente, un hombre honesto, un empleado irreprochable, bondadoso y tímido, ha asesinado a su patrón en un arrebato de cólera que resulta incomprensible. ¿Me permiten ustedes hacer una sicología de este crimen, si puedo hablar así, sin atenuar nada, sin excusar nada? Después ustedes juzgarán."
Aventura de Walter Schnaffs, La
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“Desde su entrada en Francia con el ejército invasor, Walter Schnaffs se consideraba el más desdichado de los hombres. Era gordo, le costaba andar, respiraba con dificultad y le dolían espantosamente los pies, que tenía muy planos y gruesos…”
Barrilito, El
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Belleza inútil, La
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"Delante de la escalinata del palacio esperaba una victoria muy elegante, tirada por dos magníficos caballos negros. Era a fines del mes de junio, a eso de las cinco y media de la tarde, y por entre el recuadro de tejados del patio principal se distinguía un cielo rebosante de claridad, luz y alegría."
Berta (Berthe)
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Mi viejo amigo — solemos tener a veces amigos de bastante más edad—, mi viejo amigo el doctor Bonnet, me había invitado varias veces a pasar unos días en su casa de Riom. Yo no había estado nunca en la Auvernia, y me resolví, avanzado ya el verano de mil ochocientos setenta y seis, a conocer aquella tierra. Llegué en el tren de la mañana, y la primera figura que se ofreció a mis ojos, en el andén de la estación, fué la de mi amigo. Vestía un traje gris y cubría su cabeza un sombrtero negro de fieltro blando, cuya copa, bastante alta, iba estrechándose como un tubo de chimenea; un verdadero sombrero de auvernés, que le daba aspecto de carbonero. Vestido así, el doctor parecía un joven avejentado, con su cuerpo endeble y su abultada cabeza con el pelo blanco.
Bigote, El
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Blanco y azul (Blanc et blue)
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Mi pequeña barca, mi querida barquita, toda blanca con una red a lo largo de la borda, iba suavemente, suavemente sobre la mar en calma, en calma, adormilada, densa, y también azul, azul de un azul transparente, líquido, donde la luz se hundía , la luz azul, hasta las rocas del fondo. Los chalets, los hermosos chalets blancos, todos blancos, observaban a través de sus ventanas abiertas el Mediterráneo que venía a acariciar los muros de sus jardines, de sus hermosos jardines llenos de palmeras, de áloes, de árboles siempre verdes y de plantas siempre en flor.
Boda del lugarteniente Laré, La
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Boitelle
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El viejo Boitelle (Antonio) tenía en la zona la especialidad de las tareas sucias. Cada vez que había que limpiar una letrina, un estercolero, un pozo negro, que vaciar una cloaca, cualquier agujero fangoso, iban a buscarlo a él.
Bola de sebo (Boule de suif)
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Durante varios días los restos del ejército derrotado habían cruzado la ciudad. No era tropa: eran hordas desbandadas. Los hombres tenían la barba larga y sucia, uniformes en harapos, y avanzaban con paso blando, sin bandera, sin regimiento. Todos parecían abrumados, extenuados, incapaces de un pensamiento o de una resolución. Caminaban únicamente por costumbre y caían de fatiga en cuanto se detenían. Sobre todo, los movilizados, gente pacífica, rentistas tranquilos, se doblaban bajo el peso del fusil; pequeños voluntarios alertas, fáciles para el espanto y rápidos para el entusiasmo, prontos al ataque como a la huida. Luego, en medio de ellos, algunos pantalones rojos, despojos de una división diezmada en una gran batalla, artilleros sombríos alineados con esos infantes diversos; y a veces, el casco brillante de un dragón de pie lerdo que seguía con dificultad la marcha más liviana de los infantes.
Bola de sebo y otros cuentos
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" Durante varios días habían atravesado por la ciudad los restos del ejército derrotado. Más que tropas, aquellas eran hordas desbandadas. Los soldados tenían la barba crecida y sucia y el uniforme hecho jirones, y avanzaban vacilantes y abatidos, sin bandera y sin regimiento. Todos parecían anonadados, derrengados, andando sólo por costumbre y cayéndose de fatiga en cuanto se detenían. La mayoría eran movilizados, gentes pacíficas, rentistas tranquilos, rendidos bajo el peso del fusil; o jóvenes voluntarios decididos, vivarachos, propensos al pánico y prontos para el entusiasmo, dispuestos al ataque como a la huida. También, entre ellos, algunos pantalones rojos, restos de una división diezmada en una gran batalla; soldados de uniforme oscuro alineados con los de artillería, y de trecho en trecho el brillante casco de un dragón de tardo paso, que seguía a duras penas la marcha más ligera de los soldados de línea..."
Bola se sebo
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Broma normanda
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El cortejo avanzaba por un camino profundo, sombreado por árboles corpulentos que crecían en las escarpas de las granjas. Iban delante los recién casdos; luego, los parientes; después, los invitados; detrás, los pobres del pueblo; los chiquillos, que rondaban como moscas, cruzaban por entre las parejas y se encaramaban a las ramas para ver mejor.
Burro, El
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"En la espesa niebla dormida encima del río no calaba el más leve soplo de aire. Parecía una nube de algodón mate posada sobre el agua. Ni siquiera se distinguían las orillas, envueltas en vapores de formas raras que tenían perfiles de montañas. Pero al empezar a alborear fue descubriéndose a la vista la colina. Al pie de la misma, a los nacientes resplandores de la aurora, fueron apareciendo poco a poco las grandes manchas blancas de las casas revocadas de yeso. Cantaban los gallos en los gallineros."
Cabellera, La
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Cama 29, La
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"Cuando el capitán Epivent pasaba por la calle, todas las mujeres se volvían. Era el auténtico prototipo del gallardo oficial de húsares. Por ello se exhibía pavoneándose siempre, orgulloso y atento a sus piernas, a su cintura y a su bigote. Y, verdaderamente, eran admirables su bigote, su cintura y sus piernas. El primero era rubio, muy fuerte, y le caía marcialmente sobre los labios, denso, con su bello color de trigo maduro, pero fino, cuidadosamente recortado, descendiendo a ambos lados de la boca en dos poderosas e intrépidas guías..."
Camarero, un bock
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¿Por qué se me ocurrió entrar esa noche en aquella la cervecería? Lo ignoro. Hacía frío. Una llovizna, remolinos de polvillo de agua envolvían los faroles de gas como una neblina transparente y brillaban en las aceras, cruzadas por las luces de los escaparates que iluminaban el barro líquido del suelo y los pies sucios de los transeúntes.
Campanilla
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"¡Son extraños, esos antiguos recuerdos que nos obsesionan sin que podamos desprendernos de ellos! Este es tan viejo, tan viejo, que no puedo comprender cómo ha permanecido tan vivo y tenaz en mi mente. He visto después tantas cosas siniestras, emocionantes o terribles, que me asombra que no pase un día, ni un sólo día, sin que la figura de la tía Campanilla aparezca ante mis ojos, tal como la conocí, en tiempos, hace mucho, cuando yo tenía diez o doce años..."
Campesinos
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Las dos cabañas juntas, al pie de una colina, cerca de un balneario; los dos campesinos hacían el mismo esfuerzo para buscar en la tierra infecunda el pan de los suyos; las dos familias eran numerosas el padre, la madre y cuatro hijos.
Cantó un gallo
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"Berta de Avancelles había desatendido hasta entonces todas las súplicas de su desesperado admirador el barón Joseph de Croissard. Durante el invierno en París, el Barón la había perseguido ardorosamente, y después organizaba diversiones y cacerías en su residencia señorial de Carville, procurando agradar a Berta."
Cantó un gallo (2)
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Berta de Avancelles había desatendido hasta entonces todas las súplicas de su desesperado admirador el barón Joseph de Croissard. Durante el invierno en París, el Barón la había perseguido ardorosamente, y después organizaba diversiones y cacerías en su residencia señorial de Carville, procurando agradar a Berta.
Caricias, Las
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"No, amigo mío, no piense usted más en ello. Lo que me pide es una cosa que me subleva y me repugna. Diríase que Dios..., porque yo creo en Dios..., se propuso estropear cuanto había hecho de bueno, agregándole algo que fuese horrible. Nos hizo el don del amor, que es la cosa más agradable que existe en el mundo; pero, pareciéndole demasiado hermoso y demasiado puro para nosotros, inventó los sentidos, esa cosa innoble, sucia, indignante, brutal: los sentidos; disponiéndolos de tal manera que pareciesen una burla, entremezclándolos con las inmundicias del cuerpo, para que no podamos pensar en ellos sin sonrojamos, ni hablar de ellos sino en voz baja."
Carta de un loco
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"Querido doctor, me pongo en sus manos. Haga usted de mi lo que guste. Voy a decirle con toda franqueza mi extraño estado de ánimo, y juzgue si no sería mejor que cuidasen de mí durante algún tiempo en una casa de salud, en vez de dejarme presa de las alucinaciones y sufrimientos que me atormentan..."
Carta de un loco (2)
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Querido doctor, me pongo en sus manos. Haga usted de mi lo que guste. Voy a decirle con toda franqueza mi extraño estado de ánimo, y juzgue si no sería mejor que cuidasen de mí durante algún tiempo en una casa de salud, en vez de dejarme presa de las alucinaciones y sufrimientos que me atormentan.
Carta que se encontró a un ahogado
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"Me pregunta usted, señora, si me burlo? ¿No puede usted creer que un hombre no haya sentido jamás amor? Pues bien: no, no he amado nunca, nunca. ¿De qué depende eso? No lo sé..."
Caso de divorcio, Un
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Chali
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El almirante de la Vallée, que parecía amodorrado en su sillón, pronunció con su voz de viejecita: "También yo tuve, sí, una pequeña aventura de amor, muy singular. ¿Quieren que se la cuente?" Y habló, sin moverse, hundido en su ancho asiento, conservando en sus labios la sonrisa arrugada que jamás lo abandonaba, esa sonrisa volteriana que le hacía pasar por un terrible escéptico.
Ciego, El
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"¿Qué será esta alegría del primer sol? ¿Por qué esta luz caída sobre la tierra nos llena así de la dulzura de vivir? El cielo está todo azul, la campiña toda verde, las casas todas blancas; y nuestros ojos embelesados beben esos colores vivos a los que convierten en júbilo para nuestras almas."
Claro de luna
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“El padre Marignan llevaba con gallardía su nombre de guerra. Era un hombre alto, seco, fanático, de alma exaltada, pero recta. Decididamente creyente, jamás tenía una duda. Imaginaba con sinceridad conocer perfectamente a Dios, penetrar en sus designios, voluntades e intenciones. Todo le parecía creado en la naturaleza con una lógica absoluta y admirable. Los principios y fines se equilibraban perfectamente. Sin embargo, el padre Marignan odiaba a las mujeres…” Un cuento corto de este maestro del relato, atrapante y con sus exquisitas enseñanzas.
Claro de Luna (I)
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La señora Julia Roubére esperaba a su hermana mayor, la señora Enriqueta Letoré, que regresaba de un viaje a Suiza. La familia Letoré se había marchado hacia cosa de cinco semanas. Enriqueta había dejado a su marido volver solo a su posesión de Calvados, donde le llamaban sus intereses, e iba a Paris a pasar unos días en casa de su hermana.
Claro de luna (II)
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El padre Marignan llevaba con gallardía su nombre de guerra. Era un hombre alto, seco, fanático, de alma exaltada, pero recta. Decididamente creyente, jamás tenía una duda. Imaginaba con sinceridad conocer perfectamente a Dios, penetrar en sus designios, voluntades e intenciones.
Coco
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En toda la región llamaban a la hacienda de los Lucas El Cortijo. Nadie sabía por qué. Acaso los campesinos atribuían a la palabra cortijo una idea de riqueza y extensión, pues aquella finca era seguramente la más grande, la más opulenta y ordenada de la comarca.
Collar, El
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Condecorado
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Condecorado (Decore)
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Hay personas que nacen con un instinto, una vocación o, sencillamente, un deseo especial que despierta en cuanto principian a balbucir y a pensar.
Conejo, El
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"Maese Lecacheur salió a la puerta de su casa a la hora de costumbre, entre cinco y cinco y cuarto de la mañana, con objeto de vigilar a sus criados, que se disponían a emprender las diarias tareas. Encarnado, semidormido, con el ojo derecho abierto y el izquierdo casi cerrado, se abrochaba con mil trabajos los tirantes sobre su grueso vientre, examinando, con una mirada experta, todos los rincones conocidos de su granja."
Confesiones de una mujer
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Amigo mío, me ha pedido usted que le cuente los recuerdos más vivos de mi existencia. Soy muy vieja, sin parientes, sin hijos; puedo, pues, libremente confesarme con usted. Prométame sólo que jamás desvelará mi nombre.
Correspondencia (Maupassant)
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Sin reseña.
Crimen de Bonifacio
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Cuatro cuentos selectos
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"Cuando se despidió de la señora anciana, entró en la sala de espera, y Morin la siguió también; luego subió a un vagón vacío, y Morin la siguió hasta allí. Había pocos viajeros para el expreso. La locomotora silbó y el tren arrancó. Iban solos. Morin se la comía con los ojos."
Cuento de Navidad
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""Confesaré, por lo pronto, que si lo que voy a contarles no fue bastante para convertirme, fue suficiente para emocionarme; procuraré narrar el suceso con la mayor sencillez posible, aparentando la credulidad propia de un campesino."
Cuento de Navidad (Conte de Noel)
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CUENTOS CLÁSICOS. Carta que se encontró a un ahogado
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Me pregunta usted, señora, si me burlo? ¿No puede usted creer que un hombre no haya sentido jamás amor? Pues bien: no, no he amado nunca, nunca.
Declaración, La
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"El sol del mediodía cae en amplia lluvia sobre las praderas, que se extienden, ondulantes, entre los bosquecillos de las granjas y los diversos sembrados; los centenos maduros y los trigos amarillentos; las avenas, de un verde claro, y los tréboles, de un verde sombrío, cubren, con una gran colcha rayada, inquieta y suave, el desnudo vientre de la tierra..."
Denis
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Descubierta
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Después
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"Después vinieron a darle las buenas noches al señor cura, que había cenado en el castillo como todos los jueves. El abad Mauduit sentó a dos sobre sus rodillas, pasando sus largos brazos vestidos de negro por detrás del cuello de los niños y, aproximando sus cabezas con un movimiento paternal, les besó la frente con un beso muy tierno."
Después (Apres)
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—Queridos —dijo la condesa— hay que ir a acostarse. Los tres, niños y niñas, se levantaron y fueron a abrazar a su abuela. Después vinieron a darle las buenas noches al señor cura, que había cenado en el castillo como todos los jueves.
Día festivo (Jour de fete)
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Me fui para huir de la fiesta, la fiesta odiosa y estrepitosa, la fiesta de petardos y banderas que rompe los tímpanos y hace polvo la vista. Estar solo, completamente solo, durante unos días, es una de las mejores cosas que sé hacer.
Diario de un enfermo (Mes vingt-cinq jours)
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Diario de un viajero (Notes d un voyageur)
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Divorcio (Divorce)
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El señor Bontrán —abogado parisiense, que goza de gran fama en asuntos de divorcio, porque se decretan todos los que plantea y devuelve así la paz a muchos cónyuges mal avenidos— abrió la puerta de su despacho para dejar pasar a un nuevo cliente, un hombre sanguíneo, vigoroso, barrigudo, muy colorado y con patillas rubias y espesas.
Dos amigos
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“En un París bloqueado, hambriento, agonizante, los gorriones escaseaban en los tejados y las alcantarillas se despoblaban. Se comía cualquier cosa. Mientras se paseaba tristemente una clara mañana de enero por el bulevar exterior, con las manos en los bolsillos de su pantalón de uniforme y el vientre vacío, el señor Morissot, relojero de profesión y alma casera a ratos, se detuvo en seco ante un colega en quien reconoció a un amigo. Era el señor Sauvage, un conocido de orillas del río.”
Dos amigos (2)
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En un París bloqueado, hambriento, agonizante, los gorriones escaseaban en los tejados y las alcantarillas se despoblaban. Se comía cualquier cosa.
Duchoux
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Bajando la espaciosa escalera del círculo, caldeada como un invernadero por el calorífero, el barón de Mordiane no había pensado en abrocharse el gabán de pieles; así que, cuando salió a la calle, sintió un hondo estremecimiento de frío, uno de esos estremecimientos bruscos y penosos que ponen tan triste al hombre como una pena.
Duelo, Un (Maupassant)
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“De un París desquiciado, hambriento, desesperado, salían los primeros trenes que iban a las nuevas fronteras, atravesando con lentitud campos y ciudades. Los primeros viajeros miraban por las portezuelas las llanuras devastadas y los caseríos incendiados. Ante las puertas de las casas que seguían en pie, soldados prusianos, con el casco negro con punta de cobre, fumaban en pipa, a horcajadas en unas sillas. Otros trabajaban o charlaban como si formasen parte de las familias. Cuando se pasaba por una ciudad, se veían regimientos enteros maniobrando en las plazas, y, pese al traqueteo de las ruedas, llegaban a veces roncas voces de mando.”
Él
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El (Maupassant)
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Amigo mío, ¿no lo comprendes? Lo creo. ¿Piensas que me volví loco? Tal vez sí estoy algo loco, pero no por la causa que imaginaste. Sí. Me caso. Ahí tienes.
El albergue
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"Semejante a todas las hospederías de madera construidas en los altos Alpes, al pie de los glaciares, en esos pasadizos rocosos y pelados que cortan las cimas blancas de las montañas, el albergue de Schwarenbach sirve de refugio a los viajeros que siguen el paso de la Gemmi."
El amigo Joseph
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"Todo el Invierno se habían tratado íntimamente en Paris. Después de dejar de verse, como siempre ocurre, al salir del colegio, los dos amigos se habían encontrado nuevamente una tarde en sociedad, ya viejos y canosos, soltero el uno y el otro casado ya."
El amigo Patience
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..."Buscábamos en los rincones de la memoria nombres de los compañeros de nuestra juventud, los cuales no hablamos visto en muchos años. A otros los encontrábamos con frecuencia, ya calvos o encanecidos, con mujer propia y abundante familia, cosa que nos estremecía desagradablemente, mostrándonos cuán frágil es la existencia y cuán pronto cambia y envejece todo."
El amigo Patience (L ami Patience)
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Buscábamos en los rincones de la memoria nombres de los compañeros de nuestra juventud, los cuales no hablamos visto en muchos años. A otros los encontrábamos con frecuencia, ya calvos o encanecidos, con mujer propia y abundante familia, cosa que nos estremecía desagradablemente, mostrándonos cuán frágil es la existencia y cuán pronto cambia y envejece todo.
El Armario
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"Un anochecer de invierno se apoderó de mí un abandono perturbador; uno de los terribles abandonos que dominan cuerpo y alma de cuando en cuando. Estaba solo, y comprendí que me amenazaba una crisis de tristeza, esas tristezas lánguidas que pueden conducirnos al suicidio. Me puse un abrigo y salí a la calle. Una lluvia menuda me calaba la ropa, helándome los huesos. En los cafés no había gente."
El armario (2)
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"Un anochecer de invierno se apoderó de mí un abandono perturbador; uno de los terribles abandonos que dominan cuerpo y alma de cuando en cuando. Estaba solo, y comprendí que me amenazaba una crisis de tristeza, esas tristezas lánguidas que pueden conducirnos al suicidio."
El asesino
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"El culpable era defendido por un jovencísimo abogado, un novato que habló así: —Los hechos son innegables, señores del jurado. Mi cliente, un hombre honesto, un empleado irreprochable, bondadoso y tímido, ha asesinado a su patrón en un arrebato de cólera que resulta incomprensible."
El asunto de madame Luneau
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"El juez de paz, hombre panzudo, con un ojo cerrado y el otro abierto apenas, oía de mala gana las declaraciones de los comparecientes, lanzando a veces una especie de gruñido que podía interpretarse como una opinión, y otras veces interrumpía para dirigir preguntas, con voz aguda, semejante a la de un chiquillo."
El barrilito
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"El amo Chicot, mesonero de Épreville, paró su cochecito delante de la granja de la tía Magloire. Era un hombre robusto, de cuarenta años, colorado y ventrudo, y pasaba por ser algo malicioso. Ató su caballo al poste de la barrera y luego penetró en el patio de la granja. Poseía una finca contigua a las tierras de la vieja, que codiciaba desde hacía mucho tiempo. Veinte veces había intentado comprárselas, pero la tía Magloire se había negado con obstinación."
El bautismo (I)
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"Los hombres, vestidos con sus trajes de día de fiesta, esperaban a la puerta de la granja. El sol de mayo derramaba su luz esplendorosa sobre los manzanos en flor, que parecían enormes ramos redondos, blancos, rosáceos y perfumados, que cubrían todo el patio con un techo florido."
El bautismo (II)
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"Vamos, doctor, un poco de coñac. —Con mucho gusto. Y el viejo médico de marina, después dc alargar el brazo para presentar su copita, vio cómo ésta se iba llenando hasta los bordes con la deliciosa bebida de reflejos dorados."
El bautizo
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"Vamos, doctor, un poco de coñac. -Con mucho gusto.» Y después de alargar su vaso, el antiguo médico de la Marina vio subir hasta el borde el hermoso líquido de reflejos dorados."
El beso (Le baiser)
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Encanto mío: De modo que te pasas el día y la noche llorando, porque te abandonó tu marido; no sabes qué hacer y solicitas consejo de tu anciana tía, a la que, por lo visto, supones muy experta. No estoy tan enterada como tú te lo imaginas; pero desde luego que no soy del todo ignorante en el arte de amar o, más bien, de hacerse amar, que a ti te falta un poco. A mis años creo que me debe estar permitido confesarlo. Me cuentas que no tienes para él otra cosa que atenciones, cariños, caricias y besos. De ahí tal vez procede el daño; creo que te excedes en besarlo.
El bicho de Belhomme
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Se disponía a salir de Criquetot la diligencia del Havre, y todos los viajeros aguardaban en el parador a que los fueran llamando para ocupar sus asientos. Era un coche amarillo, cuyas ruedas —con indelebles incrustaciones de barro—, pequeñísimas las del juego delantero, grandes y delgadas las de atrás apoyaban el cajón, deforme y panzudo como el cuerpo de un coleóptero gigantesco. Tres rocinantes blancos, de cabezas enormes y callosas e hinchadas rodillas —dos enganchados en varas y uno delantero— debían arrastrar aquel vehículo monstruoso. Las pobres bestias parecían adormiladas en sus arreos.
El bigote (La moustache)
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Una dama de la nobleza, hace toda una apología del bigote, argumentando las excelencias de este cúmulo de pelos sobre el labio, en las actitudes galantes, amorosas y viriles de los hombres de Francia. Castillo de Solles, lunes 30 de julio de 1883. Querida Lucía, nada nuevo. Vivimos en el salón viendo como cae la lluvia. No se puede salir con este tiempo horroroso; entonces hacemos teatro. Que estúpidas son, querida, las obras de teatro del repertorio actual. Todo es forzado, todo es grosero, pesado.
El bigote, La moustache
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El borracho
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El viento del norte soplaba tempestuoso, arrastrando por el cielo enormes nubes invernales, pesadas y negras, que arrojaban al pasar sobre la tierra furiosos chaparrones.
El bromazo (Memorias de un guasón)
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Alcanzamos una época en la cual tienen los guasones apariencias fúnebres y se llaman políticos. Ya no se usa entre nosotros la verdadera guasa, la guasa fina, la guasa retozona y alegre de nuestros padres. Y, sin embargo, ¿sabéis de algo en el mundo más divertido, más picaresco, más ingenioso, que una buena guasa?
El buhonero
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Breves memorias, asuntos insignificantes, dramas humildes presenciados, adivinados, tal vez sospechados, para mi alma joven e ignorante aún, son como hilos que me arrastran poco a poco hacia el conocimiento de la desconsoladora verdad.
El cerrojo (Le verrou)
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Estos cuatro se mantenían firmes, y observaban escrupulosamente, tanto cuanto les era posible, las reglas establecidas al principio de esta curiosa asociación. Habían jurado, mano sobre mano, desviar de lo que se llama el camino del honor y de la virtud a todas cuantas mujeres pudiesen, preferentemente a la de los amigos, incluso a la de los amigos más íntimos. Por eso, en cuanto uno de ellos abandonaba su sociedad para fundar una familia, tenía buen cuidado de romper de una manera definitiva con todos sus antiguos compañeros.
El ciego
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¿Qué será esta alegría del primer sol? ¿Por qué esta luz caída sobre la tierra nos llena así de la dulzura de vivir? El cielo está todo azul, la campiña toda verde, las casas todas blancas; y nuestros ojos embelesados beben esos colores vivos a los que convierten en júbilo para nuestras almas.
El collar (Le parure)
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Era una de esas lindas y deliciosas criaturas nacidas como por un error del Destino en una familia de empleados.
El colono (Le fermier)
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El barón de Treilles me había dicho: —¿Quiere usted inaugurar conmigo la temporada, cazando en mi finca de Marinville? Se lo agradeceré mucho.
El condenado a muerte
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Y hete aquí un ejemplo. Todos los parisienses, aquellos que regresan a París en esta estación, conocen ese largo rosario de pueblos encantadores que van de Marseilles a Génes.
El conejo (Le lapin)
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Maese Lecacheur salió a la puerta de su casa a la hora de costumbre, entre cinco y cinco y cuarto de la mañana, con objeto de vigilar a sus criados, que se disponían a emprender las diarias tareas.
El crimen del tío Bonifacio
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Aquel día repasando la correspondencia el peatón Bonifacio, al salir de correos, alegróse al calcular que su caminata sería más corta que de costumbre. A su cargo estaba toda la extensa campiña de Vireville, y al volver a su casa muchas noches lleveba recorridos más de cuarenta kilómetros.
El cuarto 11 (Le chambre 11)
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El desquite (La revancha)
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Héteme aquí, en Cannes, viudo, es decir, soltero; es decir, libre, divorciado! ¡Qué alegría! En Paris no me daba cuenta... De viaje, ya es otra cosa; no tengo motivos para compadecerme; al contrario. ¡Y mi mujer se ha vuelto a casar! ¿Será feliz mi sucesor? Debe de ser un imbécil... Yo también fui un poco imbécil cuando me casé con ella... Y tiene buenas cualidades… físicas; pero muy buenas, muy apetecibles. En cuanto a lo moral, dejaba mucho que desear.
El Diablo (Le diable)
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El campesino permanecía de pie, frente al médico, ante el lecho de la moribunda. La vieja, tranquila, resignada, lúcida, miraba a los dos hombres y los oía charlar. Iba a morir. No se rebelaba, su tiempo había terminado. Tenía noventa y dos años...
El doctor Heraclius Gloss (Le docteur Heraclius Gloss)
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El doctor Heraclius Gloss era un hombre muy sabio. Aunque nunca se encontrara en las tiendas de libros de la ciudad el más mínimo opúsculo firmado por él, todos los habitantes de la docta ciudad de Balançon consideraban al doctor Heraclius como un hombre muy sabio.
El doncel de madame Husson
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Acabábamos de pasar por la estación de Gisors, donde me había despertado al oír vocear a un mozo de la línea el nombre del pueblo, y me preparaba nuevamente a dormirme, cuando una violenta sacudida me lanzó sobre una señora gorda sentada frente a mí.
El ermitaño (L ermite)
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Algunos amigos habíamos ido a visitar al viejo ermitaño que vivía en el túmulo de un antiguo sepulcro cubierto de árboles, en el centro de la inmensa llanura que se extiende desde Cannes a la Napoule.
El Guarda (Le Garde)
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Después de comer, hacían memoria de aventuras y accidentes de caza. Un viejo amigo de todos, el señor Bonifacio, gran cazador de alimañas y gran bebedor de vino, un hombre robusto y alegre, lleno de gracia, de buen sentido y de filosofía, de una filosofía irónica y resignada, que se manifiesta por agudezas mordaces y nunca por tristes reflexiones, dijo de pronto:...
El hijo
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Se habló, de sobremesa, acerca de un caso de aborto ocurrido por aquellos días en el pueblo. La baronesa decía, indignada: —¿Es concebible siquiera tamaña monstruosidad? La muchacha, soltera, seducida por el mozo de una carnicería, había arrojado a su hijo a un precipicio. ¡Qué espanto! ¡Se demostró que la pobre criatura no había muerto en el acto!
El hombre de Marte
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Estaba trabajando cuando mi criado me anunció: —Señor, es un hombre que quiere hablar con el señor. —Hágalo entrar.
El Horla (I)
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¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra.
El Horla (II)
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El doctor Marrande, el más ilustre y más eminente de los alienistas, había rogado a tres de sus colegas y a cuatro sabios que se ocupaban de ciencias naturales, que fuesen a pasar una hora con él, a la casa de salud que dirigía, para mostrarles a uno de sus enfermos.
El Huérfano
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"La señorita Source había adoptado a aquel muchacho en otros tiempos, en circunstancias muy tristes. Tenía entonces treinta y seis años y su deformidad (se había caído desde las rodillas de su aya a la chimenea, cuando era muy pequeña y su cara, completamente quemada, se le había quedado horrible de ver), su deformidad la había decidido a no casarse, pues no quería que nadie la desposara por su dinero."
El huérfano (Maupassant)
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La señorita Source había adoptado a aquel muchacho, en tiempos, en circunstancias muy tristes. Contaba entonces ella treinta y seis años y su deformidad (había resbalado de las rodillas de una criada a la chimenea, siendo niña, y todo su rostro, espantosamente quemado, había quedado horrible), su deformidad le había decidido a no casarse, pues no quería que nadie la tomara en matrimonio por su dinero.
El inglés de Etretat
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Un gran poeta inglés acaba de cruzar por Francia para saludar a Victor Hugo. Su nombre llena las columnas de los diarios, y corren por los salones leyendas acerca de su persona. Hace ya quince años que tuve yo la oportunidad de tratar varias veces con Algernon Carlos Swinburne.
El invernadero
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EL señor y la señora Lerebour tenían la misma edad. Pero él parecía más joven, aunque fuera el más gastado de los dos. Vivían cerca de Mantes, en una bonita casa de campo que habían logrado hacerse con la fortuna que reunieron vendiendo telas.
El Ladrón
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—Si se lo cuento, no me van a creer. —Cuéntelo de todos modos. —Lo haré. Pero antes desearía dejar bien sentado que mi historia es verdadera en todos sus puntos, por más inverosímil que parezca.
El leño
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El salón era reducido; los cortinajes, gruesos, y el ambiente, perfumado y agradable. Ardían en la chimenea grandes leños, y un quinqué velaba su luz con una pantalla de blondas antiguas, alumbrando confusamente a dos personas que hablaban.
El legado
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El señor y la señora Serbois estaban acabando de almorzar, con aspecto taciturno, uno enfrente del otro.
El lisiado
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El hecho ocurrió en 1882. Acababa de instalarme en un rincón de un compartimiento vacío, y había cerrado la portezuela con la esperanza de viajar solo, cuando volvió a abrirse de súbito y oí una voz que decía.
El llanto de André
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La casa del notario tenía una fachada que daba la plaza, y por la parte trasera un hermoso jardín se extendía hasta el pasadizo de los Piques que estaba siempre desierto y del cual lo separaba un muro.
El lobo
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Vean ahí lo que nos refirió el viejo marqués de Arville, a los postres de la comida con que inaugurábamos aquel año la época venatoria en la residencia del barón de Ravels. Habíamos perseguido a un ciervo todo
El mar, En
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Las siguientes líneas se leían recientemente en los diarios: "Bolonia-Sur-Mer, 22 de Enero. Un terrible accidente vino a sembrar la consternación entre nuestro gremio marítimo, que ha sufrido tanto en los últimos dos años.
El marqués de Fumerol
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Hablaba Roger de TournevIlle, sentado a horcajadas en una silla; sus amigos formaban círculo a su alrededor, y él tenía el cigarro entre los dedos, acercándoselo de cuando en cuando a la boca, dando una chupada y soltando una nubecilla de humo.
El Mendigo
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El método de Roger
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Paseaba por el bulevar con Roger cuando un vendedor pregonó hacia nosotros: —¡Pidan el método para deshacerse de su suegra! ¡Pidan, señores, pidan! Me paré en seco y dije a mi camarada: —Ese pregón me recuerda una pregunta que quería hacerte hace tiempo.
El miedo I
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El miedo II
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El niño (L enfant)
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Después de jurar mil veces que no se casaría nunca, Jaime Bourdillère mudó repentinamente de parecer. Sufrió esa mudanza, de pronto, un verano, a la orilla del mar.
El olivar
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Cuando los hombres del puerto, del puertecino provenzal de Garandou, al fondo de la bahía de Fisca, entre Marsella y Tolón, divisaron la barca del padre Vilbois que volvía de la pesca, bajaron a la playa para ayudar a sacar la embarcación.
El ordenanza
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El cementerio, atestado de oficiales, parecía un florido campo. Los quepis y los pantalones encarnados, los galones y los botones de oro, los sables, los cordones del Estado Mayor, los galones de los cazadores y de los húsares, pasaban por entre las tumbas, cuyas cruces blancas o negras abrían sus brazos de hierro, de mármol o de madera, sobre el Pueblo desaparecido de los muertos.
El Oriente
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¡Llegó el otoño! No puedo menos, al sentir el primer escalofrío del invierno, de acordarme del amigo mío que vive allá lejos, en la frontera del Asia.
El padre (II)
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Jean de Valnoix es un amigo al que voy a ver de vez en cuando. Vive en una pequeña casa de campo, a orillas de un río, en el bosque. Se había retirado ahí tras haber vivido en París, una vida de loco, durante quince años. De repente se hartó de los placeres, las cenas, los hombres, las mujeres, las cartas, de todo, y se vino a esta finca en la que había nacido.
El padre de Simón
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Las doce acababan de sonar. La puerta de la escuela se abrió y los chicos se lanzaron fuera, atropellándose por salir más pronto. Pero no se dispersaron rápidamente, como todos los días, para ir a comer a sus casas; se detuvieron a los pocos pasos, formaron grupos y se pusieron a cuchichear.
El padre I
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Como estaba empleado en el Ministerio de Instrucción Pública y vivía en Batignolles, tomaba todas las mañanas el ómnibus a la misma hora para ir a la oficina. Y todas las mañanas iba en el mismo coche sentada frente a él, hasta el centro de Paris, una muchacha, de la cual se prendó.
El paraguas (Le parapluie)
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La señora de Oreille era muy económica. Sabía lo que vale un duro y conocía un sinfín de severos principios acerca de la multiplicación del dinero. A su criada le costaba mucho trabajo poderle sisar alguna cosa, y el señor Oreille, sólo con grandes apuros obtenía el dinero necesario para sus gastos particulares.
El pastel (Le gateau)
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Digamos que se llamaba la señora de Anserre, a fin de que no se descubra su nombre verdadero. Era uno de esos cometas parisienses que dejan tras si como un rastro luminoso. Hacia versos, inventaba noticias; tenía un corazón poético y era soberanamente hermosa. Recibía poco, nada más a las personas distinguidas, a aquellos a quienes comúnmente se llaman príncipes de algo. Ser admitido en su casa era un título, un verdadero título honorífico; así, al menos, se apreciaban sus invitaciones.
El pecio (Epaves)
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Me gusta el mar en diciembre, cuando los extranjeros se han marchado, pero me gusta, lógicamente de un modo sobrio. Acabo de pasar tres días en lo que se llama una ciudad costera.
El Perdón(Le pardon)
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Había sido educada en una familia de las que viven absolutamente retraídas, aislándose por completo de todo. Ignoran los acontecimientos políticos, aun cuando los comenten de sobremesa. Juzgan los cambios de Gobierno como si ocurrieran a distancia en lo pasado; para ellos la palpitante actualidad se confunde con la historia, y lo que acaba de ocurrir no lo diferencian de los sucesos lejanos, como la muerte de Luis XVI o el desembarco de Napoleón I.
El pordiosero (Le gueux)
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Había conocido tiempos mejores, a pesar de su miseria y su invalidez. A la edad de quince años, un coche le aplastó las dos piernas en la carretera de Varville. Desde ese momento, mendigaba arrastrándose a lo largo de los caminos, a través de los corrales de las granjas, balanceándose sobre sus muletas que le habían levantado los hombros hasta la altura de las orejas. Su cabeza parecía hundida entre dos montañas.
El pozo (Le trou)
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Muerte ocasionada por golpes y heridas. Así rezaba el cargo de acusación por el cual comparecía ante el juzgado del crimen un tal Leopoldo Renard, tapicero.
El protector (Le protecteur)
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Nunca habría soñado semejante fortuna. Hijo de un escribano de provincias, Jean Marin fue, como tantos otros, a seguir la carrera de derecho en el barrio latino.
El puerto (Le port)
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El regreso
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El mar bate la costa con un vaivén monótono. Blancas nubecillas cruzan rápidamente sobre un cielo azul, como los pájaros, arrastradas por el viento, y el caserío, en un repliegue del valle que desciende hasta el mar, se calienta el sol.
El repartidor de agua bendita
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En otros tiempos vivía a la entrada del pueblo, en una casita al lado de una gran carretera. Se había establecido como carretero después de su matrimonio con la hija de un granjero de la comarca, como ambos trabajaban duro, llegaron a amasar una pequeña fortuna. Lo único que les apesadumbraba era no tener hijos. Por fin tuvieron uno al que llamaron Jean a quien acariciaban constantemente, arropándolo con su amor, amándolo con tal ternura que no podían pasar una hora sin verlo. Cuando Jean tenía cinco años, pasaron por la región unos saltimbanquis que montaron sus barracas en la plaza del ayuntamiento.
El vagabundo (Le vagabond)
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Llevaba más de un mes caminando en busca de trabajo por todas partes. Por falta de él había dejado su país, Ville-Avaray, en la Mancha. Maestro carpintero, de unos veintisiete años, honrado trabajador, había estado durante dos meses sosteniendo a su familia, por ser el mayor de los hijos, teniendo que cruzarse de brazos ante la escasez de todo.
El vengador (Le vengeur)
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Cuando Antoine Leuíllet se casó con Mathilde, viuda de Souris, hacia ya diez años que estaba enamorado de ella.
El viejo
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SOLAMENTE DISPONIBLE EN PDF.
El viejo Milon (Le pere Milon)
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Desde hace un mes, un sol abrasador lanza sobre los campos su lumbre. Una vida radiante estalla bajo ese diluvio de fuego; la tierra está verde hasta perderse de vista. Hasta los límites del horizonte, el cielo es azul.
En el bosque.
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El alcalde iba a sentarse a la mesa para almorzar cuando lo avisaron de que el guarda rural lo esperaba en el Ayuntamiento con dos presos. Se dirigió allá de inmediato, y divisó en efecto a su guarda rural, el tío Hochedur, de pie y vigilando con aire severo a una pareja de maduros burgueses.
En el mar (Maupassant)
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"El pesquero de arrastre es el barco de pesca por excelencia. Sólido, no teme ningún mal tiempo. De casco redondo, remonta incesante sobre las olas como un corcho, siempre fuera del agua, siempre azotado por los vientos duros y salados del Canal de la Mancha."
En el tren (En wagon)
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El sol estaba próximo a ocultarse detrás de la cordillera, sobre la que se alzaba gigantesco el Puy de Dôme, y la sombra de las cumbres invadía el profundo valle de Royat.
En familia (En famille)
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El tranvía de Neuilly había dejado atrás la puerta Maillot y corría en línea recta a todo lo largo de la gran avenida que va a parar al Sena. La maquinilla, enganchada a su vagón, pitaba para que se apartasen de su camino, escupía su vapor, jadeaba como corredor al que falta el aliento, y sus émbolos se movían con ruidos precipitados de piernas de hierro. Caía sobre la calle el pesado calor de una tarde de verano, y, aunque no soplaba brisa alguna, ascendía del suelo un polvillo blanco, calizo, opaco, asfixiante y cálido que se pegaba a la húmeda piel, cegaba la vista, penetraba en los pulmones.
En los campos
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"Las dos casuchas estaban juntas, al pie de una colina, próximas a una pequeña ciudad balneario. Los dos campesinos trabajaban penosamente la tierra infecunda para criar a todos sus hijos. Cada matrimonio tenía cuatro. Delante de las dos puertas vecinas, toda la chiquillería bullía de la mañana a la noche. "
En venta (A vendre)
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¡Qué delicia andar a pie salida del sol, a través de los campos cubiertos de rocío y a la orilla del mar en calma!
Encuentro (Recontre)
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Fué una casualidad, una verdadera casualidad. El barón de Etraille, aburrido al fin de pasar tantas horas a pie firme, y sabiendo que todas las habitaciones de la princesa estaban aquella noche abiertas a los invitados, se encaminó hacia la elegante alcoba solitaria y casi oscura para quien salía de un salón esplendoroso.
Enfermos y médicos
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"¡Singular misterio es el recuerdo! Uno va despistado por las calles, bajo el primer sol de mayo, y de repente, como si unas puertas durante mucho tiempo cerradas se abrieran en la memoria, cosas ya olvidadas regresan de nuevo a la mente. Pasan, seguidas por otras, nos hacen revivir horas pasadas, horas lejanas."
Enfermos y médicos (2)
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¡Singular misterio es el recuerdo! Uno va despistado por las calles, bajo el primer sol de mayo, y de repente, como si unas puertas durante mucho tiempo cerradas se abrieran en la memoria, cosas ya olvidadas regresan de nuevo a la mente.
Ese cerdo de Morin (Ce cochon de Morin)
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—Eso, amigo mío —dije a Labarde—; ¡esas cuatro palabras que acabas de pronunciar, “ese cerdo de Morin”! ¿Por qué diablos nunca he oído hablar de Morin sin que se le tratase de cerdo? Labarde, hoy diputado, me miró con ojos de gato asustado. —Pero ¡cómo! ¿No sabes la historia de Morin? ¿Y tú eres de La Rochelle?
Esto se acabó
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El conde de Lormerin acababa de vestirse. Dando un último vistazo al colosal espejo que cubría una pared entera de su tocador, sonrió. Aún era un gallardo mozo, a pesar de su cabellera gris. Esbelto, alto, elegante, sin barriga, con la cara enjuta y los bigotes de un color dudoso, que pudiera suponerse rubio, tenía el porte, la nobleza, la distinción, la galanura que diferencian a un hombre de los otros más que los millones.
Estratagema, Una
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"El médico y la enferma charlaban al lado del fuego que ardía en la chimenea. La enfermedad de Julia no era grave; era una de esas ligeras molestias que aquejan frecuentemente a las mujeres bonitas: un poco de anemia, nervios y algo de esa fatiga que sienten los recién casados al fin de su primer mes de unión, cuando ambos son jóvenes, enamorados y ardientes."
Felicidad, La
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"Era la hora del té, antes que trajeran las luces. La ciudad dominaba el mar; el sol, que acababa de ponerse, había dejado el cielo rosa a su paso, salpicado de polvo de oro; y el Mediterráneo, sin una arruga, sin un estremecimiento, todavía resplandeciente bajo el día agonizante, parecía una interminable plancha de metal pulimentado."
Fue un sueno
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Golpe de estado, Un
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"París acababa de enterarse del desastre de Sedan. Se proclamaba la República. Francia entera jadeaba al comienzo de esa demencia que duró hasta después de la Comuna. Se jugaba a los soldados de una punta a otra del país. Fabricantes de géneros de punto eran coroneles y desempeñaban cargos de generales; revólveres y puñales se desplegaban en torno a gruesos vientres pacíficos rodeados por cinturones rojos; pequeños burgueses convertidos en guerreros de ocasión mandaban batallones de voluntarios chillones y juraban como carreteros para adquirir empaque."
Grito de alarma
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He recibido la siguiente carta. Pensando que puede interesar nuestros lectores me apresuro a ofrecérsela. Paris, 15. de noviembre de 1886. Caballero: Trata usted con frecuencia en sus crónicas y en su cuentos asuntos pertenecientes a lo que yo llamaría "la moral en uso". Someteré al juicio de usted algunas reflexiones que, según creo, podrán aprovecharle.
Hautot, padre e hijo
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Ante la puerta de la casa, mitad alquería y mitad mansión solariega, una de esas moradas rurales mixtas que fueron casi señoriales y que actualmente habitan ricos labradores, los perros atados a los manzanos del patio ladraban y aullaban al ver los morrales que llevaban el guarda y unos chiquillos. En el gran comedor —cocina, Hautot padre; Hautot hijo; el recaudador de contribuciones, señor Bermont, y el notario, señor Mondaru, tomaban un tentempié y bebían un trago antes de salir a cazar, pues era el día en que levantaban la veda.
Herrumbre, La
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"En toda su vida sólo sintió una pasión invencible: la caza. Cazaba todos los días, desde muy temprano hasta la noche, con ardor furioso. Cazaba en invierno como en verano, en primavera como en otoño, en los pantanos, cuando la veda prohibía la caza en campos y bosques; cazaba a la espera, en batida, con perro de muestra, con galgos, con liga, con espejuelos, con hurón. Sólo hablaba de cacerías y no soñaba con otra cosa, repitiendo sin cesar: "¡Deben de ser muy desgraciados los que desconocen los goces de la caza." ..."
Hijo, Un
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"La alegre primavera derramaba vida en el jardín lleno de flores por el que se paseaban los dos antiguos amigos, senador el uno, miembro de la Academia Francesa el otro."
Historia corsa (Histoire corse)
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Dos gendarmes habían sido asesinados aquellos últimos días mientras conducían un prisionero corso de Corte a Ajaccio. Ahora bien, cada año, en esta clásica tierra de bandolerismo, tenemos gendarmes destripados por los salvajes lugareños de esta isla, refugiados en las montañas después de alguna vendetta. El legendario matorral esconde en estos momentos, según la apreciación de los propios señores magistrados, de ciento cincuenta a doscientos vagabundos de este tipo que viven en las cumbres, entre las rocas y la maleza, alimentados por la población, gracias al terror que infunden.
Historia de un perro (Histoire d un chien)
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La prensa respondió unánimemente a la llamada de la Sociedad Protectora de Animales para colaborar en la construcción de un establecimiento para animales. Sería una especie de hogar y un refugio, donde los perros perdidos, sin dueño, encontrarían alimento y abrigo en vez del nudo corredizo que la administración les tiene reservado.
Historia de una moza campesina (Histoire d une fille de ferme)
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Como el tiempo era espléndido, la gente de la granja había comido antes de lo acostumbrado y se había marchado al campo.
Historia verdadera (Histoire vrai)
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Silbaba furioso el viento; un viento de otoño, abrumador obstinado, que arranca las últimas hojas de los árboles y las hace volar hasta las nubes.
Horla, El
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Humilde drama
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Los encuentros constituyen el encanto de los viajes. ¿Quién no conoce el gozo de hallar de pronto, a quinientas leguas de su tierra, un parisiense, un compañero de colegio, un vecino del campo?
Idilio (Maupassant)
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El tren acababa de salir de Génova y se dirigía hacia Marsella, siguiendo las profundas ondulaciones de la larga costa rocosa, deslizándose como serpiente de hierro entre mar y montaña, reptando sobre playas de arena amarilla en las que el leve oleaje bordaba una lista de plata, y entrando bruscamente en las negras fauces de los túneles, lo mismo que entra una fiera en su cubil.
Imprudencia
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Antes de la boda se habían amado castamente, en la luna. Había sido al principio un encantador encuentro en una playa del Océano. A él le había parecido deliciosa la jovencita rosa que pasaba, con sus sombrillas claras y sus vestidos frescos, sobre el gran horizonte marino.
Jadis
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El castillo, de antiguo estilo, se alza en la cumbre del monte; árboles corpulentos lo rodean de un verdor oscuro; y el parque dilatado extiende sus lejanas perspectivas, ya sobre la espesura del bosque, ya sobre las comarcas próximas.
Joseph
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Estaban alegres, más que alegres, la baronesita de Fraisiéres y la condesita de Gardens. Habían comido solas en un mirador, frente al mar, sintiendo, la brisa fresca y suave del anochecer, la salada brisa del Océano.
Joyas, Las
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Julie Roman
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Iba yo un día, hace dos años, por la primavera, caminando a orillas del Mediterráneo. ¿Hay nada más agradable que dejar correr el pensamiento, mientras se avanza a paso largo por una carretera? Envueltos en luz, acariciados por la brisa, caminamos por la orilla del mar, por la vertiente de las montañas.
Junto a un muerto
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" Se moría poco a poco, como se mueren los tísicos. Todos los días lo veía sentarse a eso de las dos, bajo las ventanas del hotel, frente al mar, tranquilo, en un banco del paseo. Permanecía algún tiempo inmóvil bajo el calor del sol, contemplando con ojos sombríos el Mediterráneo..."
Junto a un muerto (2)
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Se moría poco a poco, como se mueren los tísicos. Todos los días lo veía sentarse a eso de las dos, bajo las ventanas del hotel, frente al mar, tranquilo, en un banco del paseo.
Junto al lecho
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Un gran fuego llameaba el hogar. Sobre la mesa japonesa, dos tazas de te, frente a frente, mientras la tetera humeaba a su lado junto al azucarero flanqueado por el caneco de ron.
L homme fille
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"Cuántas veces oímos decir: "Es encantador este hombre, pero es una mujer, una mujer auténtica". Vamos a hablar del afeminado, la peste de nuestro país. Ya que nosotros, en Francia, somos todos afeminados, es decir, cambiantes, antojadizos, inocentemente pérfidos, sin orden en las convicciones o la voluntad, violentos y débiles como las mujeres."
La aventura de Walter Schnaffs
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"Desde su entrada en Francia con el ejército invasor, Walter Schnaffs se consideraba el más desdichado de los hombres. Era gordo, le costaba andar, respiraba con dificultad y le dolían espantosamente los pies, que tenía muy planos y gruesos. "
La baronesa
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""Podrás ver antigüedades interesantes —me dijo mi amigo Boisrené—., ven conmigo." Me llevó, pues, al primer piso de una hermosa casa, en una gran calle de París. Nos recibió un hombre de excelente porte, de modales perfectos, que nos paseó de estancia en estancia enseñándonos objetos raros cuyo precio decía con negligencia. Las grandes sumas, diez, veinte, treinta, cincuenta mil francos salían de sus labios con tanta gracia y facilidad que no cabía duda de que la caja fuerte de aquel comerciante hombre de mundo encerraba millones."
La becada
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La becada (La bécase)
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El anciano barón de Ravots había sido durante cuarenta años el rey de los cazadores de su provincia. Pero hacia ya cinco o seis que una parálisis de las piernas lo tenía clavado en su sillón, y tenía que contentarse con tirar a las palomas desde una ventana de la sala o desde la gran escalinata de su palacio. El resto del tiempo lo pasaba leyendo. Era hombre de trato agradable, que había conservado mucho de la afición a las letras que distinguió al siglo pasado. Le encantaban las historietas picarescas, y también le encantaban las anécdotas auténticas de que eran protagonistas personas allegadas suyas. En cuanto llegaba de visita un amigo le preguntaba: —¿Qué novedades hay? Tenía la habilidad de un juez de instrucción para interrogar.
La belleza inútil
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Delante de la escalinata del palacio esperaba una victoria muy elegante, tirada por dos magníficos caballos negros. Era a fines del mes de junio, a eso de las cinco y media de la tarde, y por entre el recuadro de tejados del patio principal se distinguía un cielo rebosante de claridad, luz y alegría.
La boda del lugarteniente Laré
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La cabellera
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La celda tenía paredes desnudas, pintadas con cal. Una ventana estrecha y con rejas, horadada muy alto para que no se pudiera alcanzar, alumbraba el cuarto, claro y siniestro; y el loco, sentado en una silla de paja, nos miraba con una mirada fija, vacía y atormentada.
La cama
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El vasto edificio de las Ventes parecía adormecido bajo aquel sol tórrido, a las primeras horas de la tarde del último verano, y los peritos tasadores iban adjudicando las ventas con voz desfallecida. Allá al fondo, en una sala del primer piso, yacía en un rincón un lote de antiguas sederías de iglesia.
La cama 29
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"Cuando el capitán Epivent pasaba por la calle, todas las mujeres se volvían. Era el auténtico prototipo del gallardo oficial de húsares. Por ello se exhibía pavoneándose siempre, orgulloso y atento a sus piernas, a su cintura y a su bigote. Y, verdaderamente, eran admirables su bigote, su cintura y sus piernas. El primero era rubio, muy fuerte, y le caía marcialmente sobre los labios, denso, con su bello color de trigo maduro, pero fino, cuidadosamente recortado, descendiendo a ambos lados de la boca en dos poderosas e intrépidas guías."
La Casa Tellier
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"Se iba allá, cada noche, alrededor de las once, como se va a un café, simplemente. Se encontraban seis a ocho, siempre los mismos, no eran juerguistas sino hombres honorables, comerciantes, jóvenes funcionarios de gobierno; tomaban su chartreuse alegremente con alguna de las muchachas, o bien charlaban seriamente con "Madame", a quien todos respetaban."
La casa Tellier (La maison Tellier)
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Se iba allá, cada noche, alrededor de las once, como se va a un café, simplemente. Se encontraban seis a ocho, siempre los mismos, no eran juerguistas sino hombres honorables, comerciantes, jóvenes funcionarios de gobierno; tomaban su chartreuse alegremente con alguna de las muchachas, o bien charlaban seriamente con "Madame", a quien todos respetaban.
La cita (Le rendez-vous)
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Con el sombrero en la cabeza, el abrigo puesto, un velo negro sobre la nariz, otro en el bolsillo con el cual cubriría el primero cuando hubiera subido al simón culpable, ella golpeaba con la contera de la sombrilla la punta de la botina y permanecía sentada en su habitación, sin poder decidirse a salir para acudir a aquella cita.
La confesión
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"Todo Véziers-le-Réthel había asistido al duelo y al entierro del señor Badon- Leremince, y las últimas palabras del discurso del delegado de la Prefectura se grabaron en la memoria de todos: «¡Era un modelo de honradez!»"
La confesión (I)
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Todo Véziers-le-Réthel había asistido al duelo y al entierro del señor Badon-Leremince, y las últimas palabras del discurso del delegado de la Prefectura se grabaron en la memoria de todos: ¡Era un modelo de honradez!
La confesión (II)
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Cuando el capitán Héctor Marie de Fontenne se casó con la señorita Laurine de Estelle, padres y amigos juzgaron que serían una mala pareja.
La confesión (III)
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Marguerite de Thérelles iba a morir. Aunque no contaba sino cincuenta y seis años, aparentaba al menos setenta y cinco. Jadeaba, más blanca que sus sábanas sacudida por espantosos temblores, el rostro convulso, los ojos despavoridos, como si viera una horrible aparición.
La confesión de Teodulio Sabot
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Al entrar Sabot en la taberna del pueblo se alegraba el cotarro. Le reían las gracias antes que abriese la boca. Sus burlas eran de lo más chusco. Y ¡que odio a la clericalla! ¿Transigir con el clero? No, no y no. ¡Comerse crudos a los curipastros! ¡La carne de sacristía es tierna y jugosa!
La confidencia
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La baronesita de Grangerie dormitaba en su chaise longue cuando la marquesita de Rennedon entró bruscamente, con aire agitado, el corpiño un poco chafado, el sombrero algo torcido, y se desplomó en una silla diciendo: ¡Uf! ¡Ya está!
La criatura
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Lemonnier se había quedado viudo con un hijo. Durante los años de su matrimonio, consagró a su esposa un cariño fanático, ciego, una ternura sin igual, un amor exaltado, sin desfallecimientos, creciente de día en día. Era un hombre bondadoso y honrado, sencillo, muy sencillo, sin doblez alguna; sincero hasta la exageración, sin desconfianzas y sin malicias.
La declaración (L aveu)
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La desconocida
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La dicha (Le bonheur)
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La dormilona
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El Sena se extendía delante de mi casa, sin una onda, barnizado por el sol de la mañana. Era una hermosa, ancha, lenta, larga corriente de plata, teñida de púrpura en algunos lugares; y al otro lado del río, grandes árboles alineados desplegaban sobre toda la ribera una inmensa muralla de verdor.
La dote
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A nadie causó sorpresa la boda de Simón Lebrumet, notario, con Juanita Cordier. El señor Lebrumet hacía gestiones con el señor Papillon para que le traspasara la notaría. Claro que necesitaba dinero; y la señorita Cordier tenía una dote de trescientos mil francos, disponibles, en billetes de Banco y en títulos al portador.
La enrejilladora (La rempailleuse)
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El marqués de Bertrans ofrecía en su casa una comida para celebrar el inicio de la temporada de caza. Once cazadores, ocho muchachas jóvenes y el médico del lugar estaban sentados alrededor de la gran mesa iluminada, cubierta de frutas y de flores.
La enseñanza del latín (La question du latin)
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Las discusiones habidas últimamente acerca de la enseñanza del latín, me traen a la memoria un recuerdo curioso de mi lejana mocedad. Terminaba yo el bachillerato, asistiendo a las clases del Colegio Robineau, famoso en toda la provincia por los grandes conocimientos del idioma latino que allí adquirían los alumnos.
La espera [2]
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—Precisamente estoy buscando —dijo— a un heredero desaparecido en circunstancias particularmente terribles. Es uno de esos dramas simples y feroces de la vida común; algo que puede ocurrir todos los días y que, sin embargo, es una de las cosas más espantosas que conozco. Se trata de lo siguiente: hace unos seis meses, fui llamado junto a una moribunda, la cual me dijo: "Caballero, querría encargarle de la misión más delicada, más difícil y larga que pueda haber.
La herencia
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Aunque no habían dado las diez, un río de funcionarios entraba por la puerta principal del Ministerio de la Marina; venían con gran premura desde todos los rincones de Paris, porque se acercaba el día de Año Nuevo, época de laboriosidad y de ascensos, el ruido de pasos precipitados resonaba por todo el inmenso edificio, tortuoso como un laberinto, surcado por una red enmarañadísima de pasillos agujereados por innumerables puertas que dan acceso a las oficinas.
La herrumbre (La rouille)
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En toda su vida sólo sintió una pasión invencible: la caza. Cazaba todos los días, desde muy temprano hasta la noche, con ardor furioso. Cazaba en invierno como en verano, en primavera como en otoño, en los pantanos, cuando la veda prohibía la caza en campos y bosques; cazaba a la espera, en batida, con perro de muestra, con galgos, con liga, con espejuelos, con hurón.
La horquilla
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No diré el nombre del país, ni el del hombre. Era lejos, muy lejos de aquí, en una costa fértil y ardiente. Seguíamos, desde por la mañana, la ribera cubierta de mieses y el mar azul cubierto de sol.
La leyenda del Monte Saint-Michel
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Primero lo había visto desde Cancale; era un castillo de hadas erguido sobre el mar. Lo vi confusamente, como una sombra gris que se alzaba en el cielo brumoso.
La loca
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Verán, dijo el señor Mathieu dEndolin, a mí las becadas me recuerdan una siniestra anécdota de la guerra. Ya conocen ustedes mi finca del barrio de Cormeil. Vivía allá en el momento de la llegada de los prusianos.
La madre de los monstruos
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Recordé esta horrible historia y a aquella horrible mujer al ver pasar hace unos días, en una playa apreciada por la gente adinerada, a una joven parisiense muy conocida, elegante, encantadora, adorada y respetada por todos.
La mano
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Estaban en círculo en torno al señor Bermutier, juez de instrucción, que daba su opinión sobre el misterioso suceso de Saint-Cloud. Desde hacía un mes, aquel inexplicable crimen conmovía a París. Nadie entendía nada del asunto.
La mano disecada
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Un amigo mío, Luis R., tenía reunidos en su casa una noche, hará cosa de ocho meses, a varios camaradas de colegio. Bebíamos ponche y fumábamos, hablando de literatura y pintura y contando de cuando en cuando anécdotas jocosas, como es habitual en reuniones de gente joven.
La Martina
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Se le ocurrió un domingo, al salir de misa. Yendo camino de su casa, se encontró detrás de la Martina que iba también a la suya de regreso.
La máscara
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Había un baile de disfraces, esa noche, en el Hélice-Montmartre. Era con ocasión de la Mi-Carême1, y la multitud entraba, como el agua por la compuerta de una esclusa, en el corredor iluminado que conduce al salón de baile.
La mére Sauvage
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"Hacía quince años que no volvía por Virelogne. Regresé a cazar, en otoño, a casa de mi amigó Serval, que por fin había reconstruido su palacio, destruido por los prusianos."
La modelo
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Encorvado como una media luna, el pueblo de Etretat, con sus arenas blancas, sus blancas rocas y su mar azul, reposada tranquilamente bajo el sol de un hermoso día de julio. A uno y otro extremo de la media luna, los dos muelles, el menor a la derecha y el mayor a la izquierda, cortaban el agua tranquila; el primero, como un pequeño pie, y el segundo, como una pierna colosal.
La muerta (La Morte)
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¡La había amado desesperadamente! ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios... un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente, en todas partes, como una plegaria.
La mujer de Paul (La femme de Paul)
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El restaurante Grillon, ese falansterio de los remeros, se vaciaba lentamente. Había, ante la puerta, un guirigay de gritos, de llamadas; y mocetones de camiseta blanca gesticulaban con los remos al hombro.
La noche (La nuit)
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Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.
LA NOVELA Prólogo a Pedro y Juan
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No es mi intención abogar a favor de la novelita que sigue. Por el contrario, las ideas que intentaré hacer comprender implicarían más bien la crítica del género llamado de estudio psicológico, estudio que he emprendido en Pedro y Juan. Voy a ocuparme de la novela en general.
La novela, Prólogo a Pedro y Juan
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No es mi intención abogar a favor de la novelita que sigue. Por el contrario, las ideas que intentaré hacer comprender implicarían más bien la crítica del género llamado de estudio psicológico, estudio que he emprendido en Pedro y Juan. Voy a ocuparme de la novela en general.
La patrona (La patronne)
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—En aquella época —dijo Georgen Kervelen— yo vivía en una pensión de la rue des Saints-Peres. "Cuando mis padres decidieron que fuese a estudiar Derecho a París, hubo grandes discusiones para disponerlo todo. Se estableció la suma de mi asignación en dos mil quinientos francos, pero mi pobre madre tenía un temor que expuso a mi padre: "—Si malgasta el dinero y no come de modo adecuado, su salud se resentirá mucho. Los jóvenes son capaces de todo.
La pequeña Roque (La petite Roque)
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El peatón Médéric Rompel, a quien la gente de la región llamaba familiarmente Médéri, salió a la hora de costumbre de la casa de Correos de Roüy-le-Tors. Tras cruzar la pequeña población con su largo paso de soldado veterano, atajó primero por los prados de Villaumes para llegar a orillas del Brindille, que lo llevaba, siguiendo el agua, al pueblo de Carvelin, donde iniciaba el reparto.
La pira (Le bûcher)
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El pasado lunes murió en Etretat un príncipe hindú, Bapu Sahib Khanderao Ghathay, pariente de su alteza el Maharajá Gaikwar, príncipe de Baroda, en la provincia de Gujarath, presidencia de Bombay.
La primavera (Au printemps)
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Cuando llegan los primeros días de sol, se despierta y reverdece la tierra, y la tibieza perfumada del aire nos acaricia la epidermis, penetra en los pulmones y parece llegar hasta el mismo corazón, nos vemos asaltados por confusos deseos de dicha indefinible, sentimos impulsos de correr, de caminar al acaso, de buscar lo imprevisto, de emborracharnos de primavera.
La prueba (L epreuve)
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Un buen matrimonio, el de los esposos Blondel, aunque a veces regañasen. Discutían por motivos con fútiles, pero se reconciliaban en seguida.
La puerta (La porte)
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La querida
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Me había detenido en Bauilles, únicamente porque leí en una Guía (no sé cuál): "Hermoso museo: dos Rubens, un Teniers, un Ribera."
La rabia
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Mi querida Genoveva: Me pides que te cuente mi viaje de boda. Me atreveré?
La reina Hortensia (La reine Hortense)
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La llamaban, en Argenteuil, la reina Hortensia. Nadie supo jamás por qué. ¿Acaso porque hablaba con energía, como un oficial que da órdenes?
La reliquia (La relique)
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Señor abate Louis de Ennemare. Soisson. ”Mi querido abate: Mi boda con tu prima se ha roto, y de la manera más necia, por una broma pesada que le jugué casi involuntariamente a mi prometida. “Recurro a ti, mi viejo camarada, en el lío en que me encuentro, ya que tú puedes sacarme de él. Y te
La roca de los pájaros bobos (La roche aux guillemots)
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He aquí la estación de los pájaros-bobos. Desde abril a fines de mayo, antes de que arriben los bañistas parisienses, aparece súbitamente, sobre la pequeña playa de Etretat, un grupo de viejos señores que calzan botas, vestidos con ropa de caza. Pasan cuatro o cinco días en el hotel Hauville,
La señora Baptiste
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SOLAMENTE DISPONIBLE EN PDF.
La señora Hermet
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"Los locos me atraen. Esas personas viven en un país misterioso de sueños extraños, en la nube impenetrable de la demencia en la que todo lo que han visto sobre la tierra, todo lo que han amado, todo lo que han hecho vuelve a empezar para ellos en una existencia imaginada fuera de todas las leyes que gobiernan y rigen el pensamiento humano."
La tumba (La tombe)
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El diecisiete de julio de mil ochocientos ochenta y tres, a las dos y media de la mañana, el guarda del cementerio de Béziers, que vivía en un pequeño pabellón en el extremo del campo de los muertos, fue despertado por los ladridos de su perro encerrado en la cocina.
La ventana
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Conocí a la señora de Jadelle en Paris el invierno pasado. Me gustó en seguida muchísimo. Usted la conoce tanto como yo... Digo..., casi tanto como yo.
Las becadas (Les bécasses)
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Mi adorable amiga: Me preguntas por qué no regreso a París; te asombra y casi te disgusta mi retraso. El motivo que te voy a indicar tal vez no te parezca conveniente ni galante, pero es de peso. ¿Imaginas que un cazador puede volver a París precisamente al pasar las becadas? Mucho me gusta, ya lo sabes, la vida en una ciudad populosa, la casa y la calle; pero en otoño, prefiero la vida ruda y libre del cazador.
Las caricias
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No, amigo mío, no piense usted más en ello. Lo que me pide es una cosa que me subleva y me repugna. Diríase que Dios..., porque yo creo en Dios..., se propuso estropear cuanto había hecho de bueno, agregándole algo que fuese horrible.
Las hermanas Rondoli (Les soeurs Rondoli)
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"No, dijo Pierre Jouveriet, no conozco Italia, y, sin embargo, he intentado dos veces entrar en ella, pero me hallé detenido en la frontera de tal forma que siempre me resultó imposible avanzar más. Y, sin embargo, esas dos tentativas me han dado una agradable idea de las costumbres de ese hermoso país. Me falta conocer las ciudades, los museos, las obras maestras que pueblan esa tierra. Probaré de nuevo, cualquier día, a aventurarme por ese territorio infranqueable. "¿No comprende usted? —Me explicaré."
Las ideas del coronel
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—A fe mía —dijo el coronel Laporte— ya estoy viejo, con gota y con las piernas duras como un poste; pero si una mujer, una hermosa mujer, tuviera el capricho de verme pasar por el ojo de una aguja yo pasaría, ¡ya lo creo!, saltando como un clown en el circo pasa por los aros
Las joyas
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El señor Lantín la conoció en una reunión que hubo en casa del subjefe de su oficina, y el amor lo envolvió como una red.
Lisiado, El
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"El hecho ocurrió en 1882. Acababa de instalarme en un rincón de un compartimiento vacío, y había cerrado la portezuela con la esperanza de viajar solo, cuando volvió a abrirse de súbito y oí una voz que decía: -¡Cuidado, señor! Nos hallamos precisamente en un cruce de líneas; el estribo está muy alto."
Lo horrible
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"La tibia noche descendía lentamente. Las mujeres se habían quedado en el salón de la quinta. Los hombres, sentados o a horcajadas en las sillas del jardín, fumaban, ante la puerta, en círculo en torno a una mesa redonda llena de tazas y de copas. Sus cigarros brillaban como ojos en la sombra cada vez más espesa. Acababan de contar un espantoso accidente ocurrido la víspera: dos hombres y tres mujeres ahogados ante los ojos de los invitados, frente a la casa, en el río..."
Lo Horrible (L Horrible)
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La tibia noche descendía lentamente. Las mujeres se habían quedado en el salón de la quinta. Los hombres, sentados o a horcajadas en las sillas del jardín, fumaban, ante la puerta, en círculo en torno a una mesa redonda llena de tazas y de copas. Sus cigarros brillaban como ojos en la sombra cada vez más espesa. Acababan de contar un espantoso accidente ocurrido la víspera: dos hombres y tres mujeres ahogados ante los ojos de los invitados, frente a la casa, en el río.
Lobo, El
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Loca, La
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Loco
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Cuando murió presidía uno de los más altos tribunales de Justicia de Francia y era conocido en el resto por su trayectoria ejemplar. Se había ganado el profundo respeto de abogados, fiscales y jueces, que se inclinaban ante su elevada figura de rostro grave, pálido y enjuto y mirada penetrante.
Loco (Maupassant)
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¿Estoy loco? ¿O sólo celoso? No lo sé, pero sufro de un modo horrible. He cometido un acto de locura, de locura furiosa, cierto; pero los celos anhelantes, el amor exaltado, traicionado y condenado, el dolor abominable que soporto, ¿no basta todo eso para hacernos cometer crímenes y locuras sin ser realmente criminales de corazón o de cerebro?
Loco, El (Maupassant)
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Los alfileres
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..."Los dos jóvenes estaban sentados delante de un gran café del bulevar y bebían licores mezclados con agua, esos aperitivos que parecen infusiones hechas con todos los matices de una caja de acuarelas."
Los alfileres (Les épingles)
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Los domingos de un burgués en París
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El señor Patissot, natural y vecino de Paris, cuando hubo probado en el Colegio Enrique IV su desaplicación y sus cortos alcances —como tantos otros—, fué admitido en un Ministerio, y por mediación de una de sus tías, dueña de un estanco, del cual era cliente asiduo un jefe de Negociado.
Los prisioneros (Les prisonniers)
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En el bosque sólo se oía el ligero murmullo de la nieve cayendo sobre los árboles. Caía desde el mediodía, una nievecita menuda que empolvaba las ramas con una espuma helada, que arrojaba sobre las hojas secas de la espesura un leve techo de plata, tendía sobre los caminos una inmensa alfombra muelle y blanca, y espesaba el silencio ilimitado de aquel océano de árboles.
Los restos del naufragio
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Acababa de almorzar con mi viejo amigo Georges Garin. El sirviente le entregó una carta cubierta de sellos y estampillas extranjeras. Georges me dijo: — ¿Me permites? — Por supuesto. Y se puso a leer ocho páginas de un manuscrito inglés grande, cruzado en todas las direcciones. Las leía lentamente, con atención grave, con aquel interés que ponemos a las cosas que nos tocan el corazón.
Los reyes (Les rois)
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¡Ah!, dijo el capitán, Conde de Garens. ¡Claro que me acuerdo de aquella cena de Reyes durante la guerra! Yo era entonces sargento de húsares, y hacía quince días que rondaba de explorador ante una vanguardia alemana. La víspera habíamos acuchillado a unos ulanos y perdido tres hombres, uno de ellos el pobrecito Raudeville. Ya saben ustedes, Joseph de Raudeville.
Los veinticinco francos de la superiora
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—Sí, señor; era graciosísimo el tío Pavilly, con aquellas piernas largas que parecían las de una araña, su cuerpo menudo, sus brazos kilométricos y su cabeza puntiaguda, coronada por un ramillete de pelo rojo en la cúspide del cráneo.
Los zuecos (Les sabots)
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El anciano cura lanzaba atropelladamente los últimos párrafos de su sermón por encima de los gorros blancos de las campesinas y de los cabellos de los campesinos, enmarañados unos, acicalados otros.
Luna de miel
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Un salón. Sobre el velador, un libro abierto: La canción de los recién casados, por la señora Juliette Lamber.
Madame Baptiste
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Cuando entré en la sala de espera de la estación de Loubain, mi primera mirada fue para el reloj. Tenía que esperar dos horas y pico por el expreso de París.
Madame Hermet
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Me atraen los locos. Esas gentes viven en un país misterioso de ensueños extravagantes, en esa nube impenetrable de la demencia en donde todo lo que ellos han visto sobre la tierra, todo lo que han amado, todo lo que han hecho, empieza de nuevo para ellos en una existencia imaginaria fuera de todas las leyes que gobiernan las cosas y rigen el pensamiento humano.
Madame Paisse
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Me había sentado en el muelle del pequeño puerto de Obernón, próximo a la aldea de Salís, para contemplar a Antibes, iluminada por el sol poniente. Jamás había visto espectáculo tan bello y tan maravilloso.
Mademoiselle Cocotte
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Íbamos a salir del manicomio cuando en un rincón del patio vi a un hombre alto y delgado que obstinadamente hacía el simulacro de llamar a un imaginario perro. Con una voz dulce, con una voz tierna, gritaba: —Cocotte, mi pequeña Cocote, ven, Cocotte, ven aquí, perrita— dándose palmadas sobre el muslo como se hace para atraer a los animales.
Mademoisselle Fifi
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Mademoisselle Fifi (2)
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Llovía a cántaros, una lluvia normanda que parecía lanzada por una mano furiosa, una lluvia diagonal, espesa como una cortina, que formaba una especie de muro de rayas oblicuas, una lluvia azotadora, aplastante, que lo ahogaba todo, auténtica lluvia de los alrededores de Ruán, ese orinal de Francia.
Magnetismo
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Magnetismo (2)
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Era al final de una cena de hombres, a la hora de los interminables cigarros y de las incesantes copitas, en medio del humo y el cálido torpor de las digestiones, en el ligero trastorno de las cabezas tras tanta comida y licores absorbidos y mezclados.
Mahomed-Fripouille
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Se levantó. La sala estaba ya bastante oscura, porque sólo recibía luces del patio interior, como todas las casas árabes. Frente a las altas ventanas ojivales, caían frondosas enredaderas, desde la gran terraza donde se pasaban las veladas calurosas del estío. Sólo había ya en la mesa enormes frutas africanas: uvas del tamaño de ciruelas, higos chumbos, peras amarillas, plátanos gordos y dátiles de Zourgourt en una cesta de esparto. El negro que nos servia abrió la puerta y subí la escalera, cuyas paredes, pintadas de azul, recibían por una claraboya, la mortecina luz del crepúsculo.
Mano, La
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Marroca
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Me has pedido, amigo mío, que te enviara mis impresiones, mis aventuras, y sobre todo mis historias de amor en esta tierra africana que me atraía hace tanto tiempo. Te reías mucho, de antemano, de mis ternuras negras, como las llamabas; y me veías ya regresar seguido por una mujerona de ébano tocada con un pañuelo amarillo y bamboleándose con ropas resplandecientes.
Mi esposa
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Ocurrió al término de una cena de hombres, de hombres casados, viejos amigos, que se reunían a veces sin sus esposas, como solteros. Comieron durante largo tiempo, bebieron mucho; se habló de todo un poco; se resucitaron viejos y alegres recuerdos, esos recuerdos cálidos que hacen sonreír los labios y temblar al corazón, aunque no se quiera. Alguien dice: —¿Te acuerdas, Georges, de nuestra excursión a Saint-Germain con aquellas dos muchachas de Montmartre?
Mi tío Sosthéne
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Miedo, El
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Minué
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"-Las grandes desgracias no me impresionan. He visto muy de cerca la guerra y he pasado sin emocionarme por encima de montones de cadáveres -decía Juan Bridelle, un solterón con cara de escéptico-. Las tremendas atrocidades de la naturaleza y de la humanidad pueden arrancarnos gritos de indignación o de espanto, pero no alcanzan a darnos esa punzada en el corazón, ese escalofrío que nos corre por la espina dorsal cuando vemos ciertas escenas pequeñas y tristes."
Minué (Menuet)
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—Las grandes desgracias no me impresionan. He visto muy de cerca la guerra y he pasado sin emocionarme por encima de montones de cadáveres —decía Juan Bridelle, un solterón con cara de escéptico—.
Miseria humana
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—Déjenme en paz con esa tonta felicidad, esa dicha de imbéciles que satisface una simpleza cada vez más vulgar, un vaso de viejo vino o el roce de una hembra.
Miss Harriet
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"Éramos siete en el coche: cuatro mujeres y tres hombres; uno iba en el pescante, junto al cochero; los caballos ganaban al paso la empinada pendiente sobre la cual serpenteaba el camino."
Miss Harriet (Maupassant)
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Éramos siete en el coche: cuatro mujeres y tres hombres; uno iba en el pescante, junto al cochero; los caballos ganaban al paso la empinada pendiente sobre la cual serpenteaba el camino.
Misti (Memorias de un soltero)
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Tenía yo entonces por amante a una mujercita muy graciosa. Estaba casada, por supuesto, pues siento un sacrosanto horror por las ninfas.
Mohamed, el Golfo
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"«Tomamos café en el techo? preguntó el capitán.» Yo respondí: «Sí, claro.» Se levantó. La sala, iluminada solamente por el patio interior, a la moda de las casas moras, estaba ya oscura. Ante las altas ventanas ojivales caían unos bejucos desde la gran terraza donde se pasaban las veladas calurosas del estío..."
Moiron
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Como seguían hablando de Pranzini, el señor Maloureau, que había sido fiscal del Supremo con el Imperio, nos dijo: —¡Oh! Yo intervine, en tiempos, en un asunto muy curioso, curioso por varios extremos, como van a ver ustedes.
Mongilet
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SOLAMENTE DISPONIBLE EN PDF.
Mosca (Recuerdos de un remero)
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Nos dijo: ¡He visto cosas curiosas, y también chicas curiosas, en mis tiempos de remero! Muchas veces me dieron ganas de escribir un librito, titulado Sobre el Sena, para contar esa vida de fuerza y despreocupación, de alegría y pobreza, de juergas sanas y bulliciosas que llevé desde los veinte a los treinta años.
Niño, El
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Noche ( Pesadilla), La
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"Un ejemplo de lo fantástico obtenido con poquísimos medios: esta narración no es más que un paseo por Paris, una ajustada relación de las sensaciones que el noctámbulo Maupassant experimentaba en cada anochecer. Pero aquí, una sensación opresiva, de pesadilla, ocupa el cuadro de principio a fin, intensificando cada vez más. La ciudad es siempre la misma, calle a calle y palacio a palacio, pero primero desaparecen las personas, después, las luces; el bien conocido escenario parece contener solamente el miedo del absurdo y de la muerte."
Noche de Navidad (Nuit de Noel)
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—¡La Nochebuena! ¡Ah la Nochebuena! Jamás celebraré yo la Nochebuena... Y Enrique Tenipiler decía esto con una voz tan furiosa como si se le propusiera una infamia.
Noche de Primavera(Par un soir de printemps)
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Jeanne iba a casarse con su primo Jacques. Se conocían desde la infancia y el amor no adoptaba entre ellos las formas ceremoniosas que toma generalmente en la buena sociedad.
Normando, Un
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"Acabábamos de dejar a Ruán y marchábamos a trote largo por la carretera de Jumiéges. El coche avanzaba ligero, cruzando praderas; al empezar a subir la cuesta de Cantaleu, el caballo se puso al paso. Se descubre desde allí uno de los espléndidos panoramas del mundo. A nuestras espaldas, Ruán, la ciudad de las iglesias y de las torres góticas, cinceladas con minuciosidad de figurillas de marfil; delante, Saint-Sever, el barrio de las fábricas, que yergue al cielo sus mil chimeneas humeantes frente por frente de las mil torrecillas sagradas de la vieja ciudad."
Novela, La (Prólogo de Pedro y Juan)
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"No es mi intención abogar a favor de la novelita que sigue. Por el contrario, las ideas que intentaré hacer comprender implicarían más bien la crítica del género llamado de estudio psicológico, estudio que he emprendido en Pedro y Juan. Voy a ocuparme de la novela en general. No soy el único a quien los mismos críticos dirigen el mismo reproche cada vez que aparece un nuevo libro."
Nuestras cartas (Nos lettres)
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Ocho horas de ferrocarril a unos les dan sueño y a otros los desvelan. A mí el menor viaje me agita, no permitiéndome dormir a la noche siguiente.
Nuestros ingleses (Nos anglais)
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Un cuadernito yacía en el mullido asiento del vagón. Lo cogí, hojeándolo con cierta curiosidad. Era un Diario de viaje olvidado sin duda por su dueño. Copio a continuación las tres últimas páginas.
Odisea de una moza
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No podré olvidar nunca el suceso que durante media hora me produjo la siniestra sensación de una fatalidad invencible: algo semejante al estremecimiento que produce un pozo de mina. Toqué lo más profundo, lo más recóndito de la miseria humana, y comprendí que no todos podían, aunque lo procurasen, vivir honradamente.
Opinión pública
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Como acababan de dar las once, los señores empleados, temiendo la llegada del jefe, se apresuraban dirigiéndose a sus despachos. Cada uno echaba una mirada rápida sobre los papeles traídos en su ausencia; luego, tras haber cambiado la chaqueta o la levita por el viejo uniforme de trabajo, iba a ver al vecino.
Palabras de amor
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Domingo, "Mi hermoso gallo querido: Tú no me escribes, yo no te veo y tú no vienes nunca. ¿Has dejado de quererme, acaso? ¿Por qué? ¿Qué te he hecho? ¡Dímelo, te lo suplico, mi querido amor! ¡Yo te quiero tanto, tanto y tanto!
Pan maldito (Le pain maudit)
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El tío Taille tenía tres hijas: Anna, la mayor, de quien apenas se hablaba en la familia; Rose, la mediana, que tenía ahora dieciocho años, y Claire, la más pequeña, todavía una chiquilla, que....
Paseo
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Cuando el señor Leras, tenedor de libros en la casa Labuze y Compañía, salió del almacén, quedó unos instantes deslumbrado por el sol poniente. Había trabajado todo el día bajo la luz amarilla de un mechero de gas, en el cuartucho de la trastienda con ventana al patio estrecho y profundo como un pozo. Era tan sombrío aquel rincón donde pasó los días enteros trabajando durante cuarenta años, que sólo en el rigor del verano era posible ver algo sin luz artificial, haciendo buen sol.
Pierrot
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"La señora Lefèvre era una dama pueblerina, una viuda, una de esas semicampesinas de lazos y sombreros adornados, una de esas personas que cecean, que adoptan en público aires de grandeza y ocultan un alma de bruta pretenciosa bajo un exterior cómico y abigarrado, como disimulan sus gruesas manos enrojecidas bajo guantes de seda. "
Pierrot.
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La señora Lefévre era una dama de pueblo, una viuda, una de esas medio campesinas de lazos y sombreros faralas, una de esas personas amaneradas, que en público se dan aires de grandeza y que esconden un alma de bruto pretencioso bajo una apariencia cómica y pomposa, pero que disimulan sus gordas manos enrojecidas en guantes de seda cruda.
Pozo, El ( Maupassant)
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"Muerte ocasionada por golpes y heridas. Así rezaba el cargo de acusación por el cual comparecía ante el juzgado del crimen un tal Leopoldo Renard, tapicero. Rodeando al acusado se hallaban sus principales testigos: la señora Flameche, viuda de la víctima; Luis Ladureau, ebanista, y Juan Durdent, gasfitero."
Primera nevada (Premiere neige)
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El largo paseo de la Croisette traza un arco a orillas del agua azul. Allá, a la derecha, en la lejanía, el Esterel se adentra en el mar, tapando la vista y cerrando el horizonte con el hermoso decorado meridional de sus numerosos picos, extraños y puntiagudos.
Primera nieve
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"El extenso paseo de la Croisette se curva a orillas del mar azul. Allá lejos, a la derecha, el Esterel se adentra en el agua, y corta la vista, cerrando el horizonte con el bonito decorado meridional de sus cimas puntiagudas, numerosas y extrañas. A la izquierda, tumbadas en el agua, las islas Sainte-Marguerite y Saint-Honorat muestran sus dorsos cubiertos de abetos."
Prisioneros, Los
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"En el bosque sólo se oía el ligero murmullo de la nieve cayendo sobre los árboles. Caía desde el mediodía, una nievecita menuda que empolvaba las ramas con una espuma helada, que arrojaba sobre las hojas secas de la espesura un leve techo de plata, tendía sobre los caminos una inmensa alfombra muelle y blanca, y espesaba el silencio ilimitado de aquel océano de árboles."
Puerta, La
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“-¡Ah! -exclamó Karl Massouligny- he aquí una cuestión difícil, ¡la de los maridos complacientes! Desde luego, yo he visto de todos los tipos y no sabría dar una opinión sobre uno únicamente. A menudo he intentado determinar si son en realidad ciegos, clarividentes o débiles. Yo creo que hay de estas tres categorías…”
Quién sabe
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Quién sabe?
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¡Señor! ¡Señor! Al fin tengo ocasión de escribir lo que me ha ocurrido. Pero ¿me será posible hacerlo? ¿Me atreveré? ¡Es una cosa tan extravagante, tan inexplicable, tan incomprensible, tan loca!
Recuerdo
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Recuerdo I
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...Desde la víspera no habíamos comido nada. Durante todo el día, permanecimos ocultos en un granero, apretados unos contra otros para tener menos frío, los oficiales mezclados con los soldados, y todos reventados de cansancio.
Recuerdo II (Souvenir)
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¡Cuántas memorias de mi juventud despierta la suave caricia del sol! Hay una edad en que todo es bueno, agradable, alegre, seductor. ¡Cómo embriagan los recuerdos amorosos de primaveras pasadas! ¿Habéis olvidado, viejos camaradas, hermanos
Recuerdos (Souvenirs)
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Cruzaba yo el otro día por Rúan. Se estaba celebrando la feria de Saint-Romain. Imaginad una fiesta como la de Neuilly, más importante, más solemne, de una seriedad provinciana, con una muchedumbre que se mueve pesadamente y que es también más compacta y silenciosa.
Reyes, Los
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"¡Ah!, dijo el capitán, conde de Garens, ¡claro que me acuerdo de aquella cena de Reyes, durante la guerra! Yo era entonces sargento de húsares, y hacía quince días que rondaba de explorador ante una vanguardia alemana. La víspera habíamos acuchillado a unos ulanos y perdido tres hombres, uno de ellos el pobrecito Raudeville. Ya saben ustedes, Joseph de Raudeville."
Rosalía Prudent
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Tenía que haber en aquel caso un misterio que ni los jurados, ni el presidente, ni el fiscal mismo lograban desentrañar. La joven Rosalía Prudent, que servia en casa de los señores Varambot, de Mantes, quedó encinta sin que sus amos, lo supieran, y dio a luz en la guardilla de la casa, matando luego a su hijo y enterrándolo en la huerta.
Rosalía Prudent (Rosalie Prudent)
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Tenía que haber en aquel caso un misterio que ni los jurados, ni el presidente, ni el fiscal mismo lograban desentrañar. La joven Rosalía Prudent, que servia en casa de los señores Varambot, de Mantes, quedó encinta sin que sus amos, lo supieran, y dio a luz en la guardilla de la casa, matando luego a su hijo y enterrándolo en la huerta.
Rose (Rose)
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Se hallaban sumergidas entre flores; el coche, lleno de ramos, parecía una canastilla gigantesca. Violetas de Parma, rosas alhelíes, lirios, margaritas y azahares, parecían oprimir los dos cuerpos de mujer delicados, que apenas asomaban entre aquel hacinamiento de tan distintos colores y tan diferentes perfumes.
Salvada
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"La Marquesa de Reunedón entró como una exhalación y empezó a reír a carcajadas, con toda la fuerza de sus pulmones, con tantas ganas como se reía un mes antes, al anunciar a su amiga que acababa de engañar a su marido para vengarse, nada más que para vengarse, y por una sola vez, porque verdaderamente el Marqués, su esposo, era tan estúpido como celoso."
San Antonio
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“Le llamaban San Antonio porque su nombre era Antonio, y también quizás porque era un hombre alegre, animado, bromista, gran comilón y buen bebedor, y vigoroso perseguidor de sirvientas, pese a contar más de sesenta años.”
Señorita Perla, La
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"¡Qué extraordinaria idea había tenido, realmente, esa noche, de elegir por reina a la señorita Perla! Todos los años voy a celebrar Noche de Reyes a la casa de mi gran amigo Chantal. Mi padre, que era su camarada más íntimo, me llevaba allá cuando yo era un niño. He continuado y continuaré sin duda mientras yo viva y en tanto exista un Chantal en este mundo. Los Chantal, por lo demás, llevan una existencia particular; viven en París como si vivieran en Grasse, Evetot, o Pont-un-Mousson..."
Sobre el agua
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Sobre el agua (Sur l eau)
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Una noche, mientras paseábamos a orillas del Sena, le pedí que me contara algunas anécdotas de su vida náutica. Entonces el buen hombre se animó, se transfiguró, se volvió locuaz, casi poeta. Tenía en el corazón una gran pasión, una pasión devoradora, irresistible: el río.
Sobre las nubes (Au-dessus des nuages)
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Cuando entré en el taller de La Villette, vi, yaciente sobre la hierba del patio, enfrente de la armada de negras y monstruosas chimeneas, el enorme globo amarillo, casi inflado por completo, igual a una calabaza colosal posada en medio de gasómetros en el huerto de un cíclope.
Suicidas
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""Anoche, los vecinos de la casa número tal de la calle tal oyeron dos o tres detonaciones y, saliendo a la escalera para saber lo que ocurría, entre todos pudieron comprobar que se habían producido en el cuarto del señor X. Al abrir la puerta de dicho cuarto --después de llamar inútilmente-- vieron al inquilino tendido en el suelo, sobre un charco de sangre y empuñando aún el revólver con el cual se había ocasionado la muerte."
Testamento, El
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"Hacía poco tiempo que conocía a aquel muchacho que se llamaba René de Bourneval. Su trato era amable, aunque un poco triste; parecía desengañado de todo, sumamente escéptico, de un escepticismo mordaz, hábil sobre todo para poner de manifiesto, con una sola palabra, las hipocresías humanas. Con frecuencia lo oía decir: "En la vida no hay hombres honrados o al menos no lo son sino relativamente a los tunantes"."
Tic, El
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"Los comensales entraban lentamente en la gran sala del hotel y se sentaban en sus sitios. Los criados empezaron a servir lentamente para dar tiempo a los que llegaban con retraso y no tener que traer de nuevo los platos; y los antiguos bañistas, los habituales, aquellos que llegaban antes de la época, miraban con interés la puerta cada vez que se abría con el deseo de ver aparecer nuevos rostros."
Tombouctou
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El bulevar, ese río de vida, bullía en el polvo de oro del sol poniente. Todo el cielo estaba rojo, cegador; y, por detrás de la Madeleine, una inmensa nube arrebolada arrojaba sobre toda la larga avenida un oblicuo diluvio de fuego, vibrante como el vapor de una fogata.
Tombuctú
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“El bulevar, ese río de vida, bullía en el polvo de oro del sol poniente. Todo el cielo estaba rojo, cegador; y, por detrás de la Madeleine, una inmensa nube arrebolada arrojaba sobre toda la larga avenida un oblicuo diluvio de fuego, vibrante como el vapor de una fogata.”
Truco (Rouerie)
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Un ardid
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"El médico y la enferma charlaban junto al fuego de la chimenea. La enfermedad de Julia no era grave; era una de esas ligeras molestias que aquejan frecuentemente a las mujeres bonitas: un poco de anemia, nervios y algo de esa fatiga que sienten los recién casados al fin de su primer mes de unión, cuando ambos son jóvenes, enamorados y ardientes."
Un ardid (2)
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"El médico y la enferma charlaban junto al fuego de la chimenea. La enfermedad de Julia no era grave; era una de esas ligeras molestias que aquejan frecuentemente a las mujeres bonitas: un poco de anemia, nervios y algo de esa fatiga que sienten los recién casados al fin de su primer mes de unión, cuando ambos son jóvenes, enamorados y ardientes."
Un bandido corso
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"El camino ascendía suavemente hacia el centro del bosque de Al-tone. Los desmesurados abetos formaban sobre nuestras cabezas una bóveda quejumbrosa, dejaban oír algo así como un lamento continuo y triste, mientras que a derecha e izquierda sus delgados y rectos troncos semejaban un ejército de tubos de órgano, de los que parecía salir la monótona música del viento en las cimas."
Un caso de divorcio (Un cas de divorce)
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El abogado de la señora Chassel tiene la palabra y dice: "Señor presidente: Señores magistrados: El pleito de cuya defensa estoy encargado constituye más bien una cuestión medica que jurídica; es un caso patológico más que un caso de derecho. Los hechos origen de esta causa son evidentes.
Un cobarde (Maupassant))
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Le llamaban las gentes "el guapo mozo>, y era su nombre José Gontrán de Signoles. Huérfano y dueño de una fortuna bastante considerable,
, como suele decirse. Tenía buena figura y elegantes maneras; bastante labia, para dar a entender que no le faltaba ingenio; una gracia natural, un empaque digno y noble, los bigotes largos y los ojos dulces; todo lo necesario para gustar a las mujeres. Era solicitado en los salones y deseado por las aficionadas al vals; inspiraba en los hombres singular antipatía que se siente por los caracteres dominantes.
Un cordelillo
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Era día de mercado; los campesinos y sus mujeres se dirigían a Goderville por todos los caminos que conducen al pueblo. Los varones caminaban con paso tranquilo, echando el cuerpo hacia adelante cada vez que movían sus largas piernas torcidas, deformados por los rudos trabajos; por la presión sobre la mancera, que levanta el hombro izquierdo y desvía el talle; por la siega del trigo, que fuerza a separar las rodillas para mejor afirmarse en una tierra; en una palabra: por todas las tareas lentas y fatigosas del campo.
Un día de campo (Une partie de champagne)
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Tenían proyectado hacía cinco meses salir a almorzar en los alrededores de París el día del santo de la señora Dufour, que se llamaba Pétronille. Por ello, como habían esperado con impaciencia esa partida, se habían levantado muy temprano aquella mañana.
Un drama verdadero
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Decía yo el otro día, en este lugar, que la escuela literaria de ayer se servía, para sus novelas, de las aventuras o de las verdades excepcionales encontradas en la existencia; mientras que la escuela actual, al no preocuparse sino por la verosimilitud, establece una especie de media de los acontecimientos ordinarios.
Un duelo
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La guerra había acabado; los alemanes ocupaban Francia; el país palpitaba como un luchador vencido caído a los pies del vencedor.
Un fracaso (Un échec)
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Iba yo a Torino, atravesando la isla de Córcega. En Niza tomé pasaje para Bastia, y en cuanto el vapor se hizo a la mar, descubrí, sentada en el puente, una mujer muy bonita, muy modesta, cuyos ojos miraban a lo lejos, y me dije: "Ya tengo distracción durante la travesía."
Un golpe de estado (Un coup d Etat)
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París acababa de enterarse del desastre de Sedan. Se proclamaba la República. Francia entera jadeaba al comienzo de esa demencia que duró hasta después de la Comuna. Se jugaba a los soldados de una punta a otra del país.
Un haragán (Bombard)
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A Simon Bombard, con frecuencia le resultaba desagradable la vida. Nació con una increíble aptitud para la holganza y con un deseo inmoderado de no contrariar esta vocación.
Un hijo
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La alegre primavera derramaba vida en el jardín lleno de flores por el que se paseaban los dos antiguos amigos, senador el uno, miembro de la Academia Francesa el otro.
Un loco
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Me dijeron: —¿Sabe que Jacques Parent ha muerto loco en un sanatorio psiquiátrico? —y un escalofrío doloroso, un escalofrío de miedo y de angustia me corrió a lo largo de los huesos; y volví a verle bruscamente, aquel gran mozo extraño, loco desde hacía mucho quizás, maníaco inquietante, y hasta espantoso.
Un millón
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Un normando (Un normand)
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Acabábamos de dejar a Ruán y marchábamos a trote largo por la carretera de Jumiéges. El coche avanzaba ligero, cruzando praderas; al empezar a subir la cuesta de Cantaleu, el caballo se puso al paso.
Un parricida (Un parricide)
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EL abogado había alegado locura. ¿De qué otro modo explicar aquel extraño crimen? Cierta mañana, entre los cañaverales, cerca de Chatou, habían encontrado dos cadáveres abrazados; una mujer y un hombre, personas conocidas de la buena sociedad, ricas, ya no muy jóvenes, y casados solamente el año anterior, porque la mujer sólo era viuda desde hacía tres años.
Un retrato (Un portrait)
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Miré al individuo a quien se referían, porque desde hacía mucho tiempo deseaba conocer a aquel Don Juan. No era ya joven. Sus cabellos grises, de un gris algo turbio, evocaban, el parecido de uno de esos gorros de piel con que se cubren la cabeza ciertos pueblos del Norte y también su barba fina, larga, que le caía sobre el pecho, producía una sensación de piel de animal. Estaba conversando con una señora, y se inclinaba hacia ella, le hablaba en voz baja, envolviéndola en una mirada dulce llena de homenajes y de caricias.
Un viejo (Un vieux)
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Todos los periódicos habían insertado este anuncio: “La nueva estación balneario de Rondelis ofrece ventajas deseables para una estancia prolongada e incluso para una permanencia definitiva.
Una aventura parisiense
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"¿Existe en la mujer un sentimiento más agudo que la curiosidad? ¡Oh! ¡saber, conocer, tocar lo que se ha soñado! ¿Qué no haría por ello? Una mujer, cuando su curiosidad impaciente está despierta cometerá todas las locuras, todas las imprudencias, tendrá todas las audacias, no retrocederá ante nada."
Una carta
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En nuestro oficio, recibimos a menudo cartas y no hay cronista que no haya comunicado al público alguna epístola de estos lectores desconocidos. Veremos un ejemplo.
Una cena de Nochebuena (Un reveillon)
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No sé exactamente el año. Llevaba todo un mes cazando por aquellos lugares con un brío impetuoso y una alegría salvaje, con ese ardor que se tiene para las pasiones nuevas.
Una familia (Une famille)
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Me había propuesto ver a Simón Radevín, del cual no supe nada en quince años. En otro tiempo, era mi mejor amigo, el compañero inseparable de las tranquilas y alegres veladas, el íntimo a quien se le comunica todo, el que provocando una conversación franca, sin aliño, nos hace concebir ideas extravagantes o sutiles, ingeniosas, delicadas, nacidas al calor de la intimidad que alienta la imaginación y la satisface.
Una noche (Un soir)
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El Kléber acababa de echar el ancla, y yo contemplaba maravillado el admirable golfo de Bougie, que se abría delante de nosotros.
Una pasión
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La mar estaba brillante y en calma, apenas movida por la marca, y en el espigón toda la ciudad del Havre miraba cómo entraban los navíos.
Una velada (I)
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Al señor Saval, notario de Vernon, le gustaba la música con pasión. Siendo joven, aunque ya calvo, siempre afeitado cuidadosamente, un poco grueso, como conviene a su categoría, con quevedos de oro en lugar de las antiguas gafas, activo, galante y alegre, en Vernon pasaba por ser un artista. Tocaba el piano y el violín, daba veladas musicales en las que se interpretaba las óperas nuevas.
Una velada (II)
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El sargento de caballería Varajou obtuvo diez días de licencia para pasarlos en casa de su hermana, la señora Padole. Varajou, de guarnición en Rennes, donde llevaba una vida licenciosa, encontrándose sin dinero y en malas relaciones con su familia, escribió a la señora Padole que podría dedicarle ocho días. Y eso no lo hizo por cariño a su hermana, mujer chiquita, beata, moralizadora, irascible, sino porque, necesitando algún dinero con urgencia, pensó que de todos sus parientes era ella la única persona a la que no puso jamás a contribución.
Una vendetta (Une vendetta)
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La viuda de Pablo Savarini habitaba sola con su hijo en una pobre casita de los alrededores de Bonifacio. La población, construida en un saliente de la montaña, suspendida sobre el mar, mira por encima el estrecho erizado de escollos de la costa más baja de la Cerdeña.
Una Viuda (Une Veuve)
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Ocurrió el suceso, durante la época de caza, en el Castillo de Banneville. El otoño era lluvioso y triste; las hojas secas, en vez de crujir bajo los pies, se pudrían en las rodadas de los caminos empapadas por los aguaceros.
Vagabundo, El (Maupassant)
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"Llevaba más de un mes caminando en busca de trabajo por todas partes. Por falta de él había dejado su país, Ville-Avaray, en la Mancha. Maestro carpintero, de unos veintisiete años, honrado trabajador, había estado durante dos meses sosteniendo a su familia, por ser el mayor de los hijos, teniendo que cruzarse de brazos ante la escasez de todo."
Vanos consejos (Vains conseils)
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Mi querido amigo, el consejo que me pides es difícil de dar. Tienes, pues, un lío amoroso que no eres capaz de deshacer y que me parece que se encuentra en una situación lamentable para ti.
Viejo Milon, El
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"Desde hace un mes, un sol abrasador lanza sobre los campos su lumbre. Una vida radiante estalla bajo ese diluvio de fuego; la tierra está verde hasta perderse de vista. Hasta los límites del horizonte, el cielo es azul. Las granjas normandas diseminadas por la llanuras parecen, desde lejos, bosquecillos, encerradas en su cinturón de esbeltas hayas..."
Yveline Samoris
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La condesa de Samoris. —¿Esa señora de negro, allá lejos? —La misma, lleva luto por su hija, a quien mató. — ¡Vamos! ¿Qué me cuenta? —Una historia muy simple, sin crimen y sin violencias. —¿Qué pasó, pues? —Casi nada. Dicen que muchas cortesanas nacieron para ser mujeres honestas; y muchas mujeres llamadas honestas, para ser cortesanas, ¿no? Pues la señora de Samoris, nacida cortesana, tenía una hija nacida mujer honesta, y eso es todo.
Yvette (El vicio amoroso)
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Al salir del café, Juan de Servigny dijo a su amigo León Laval: —Si te parece, no tomaremos coche. Da gusto andar con un tiempo tan hermoso. Y su amigo contestó: —Me parece muy bien. Juan repuso: —No son las once aún; llegaremos antes de medianoche; vayamos tranquilamente.
Zuecos, Los
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"El anciano cura lanzaba atropelladamente los últimos párrafos de su sermón por encima de los gorros blancos de las campesinas y de los cabellos de los campesinos, enmarañados unos, acicalados otros. Las granjeras, que habían acudido de muy lejos para oír misa, tenían junto a ellas, en el suelo, sus grandes canastos; el calor pegajoso de un día de julio desprendía de todos aquellos cuerpos olor a establo, husmillo de ganado."
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